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Luis Zúñiga Rey, el
terrorista que yo conocí
Percy
Francisco Alvarado Godoy
Escritor guatemalteco y ex agente de la Seguridad del Estado de
Cuba
17 de marzo de 2004.
Con gran sorpresa
conocí la denuncia cubana, en voz del canciller Felipe Pérez
Roque, sobre la presencia de Luis Zúñiga Rey dentro de la
delegación norteamericana en la 60 Conferencia de la Comisión de
Derechos Humanos que sesiona en Ginebra por estos días.
No pensé, por supuesto,
que la maniobra de emplear a este terrorista en un foro de esta
magnitud, con el propósito de lanzar diatribas y mentiras sobre la
realidad cubana, volviera a repetirse. Había quedado atrás la
bochornosa experiencia de verlo en los pasillos del edificio donde
se celebran las sesiones de la Comisión, o en el propio salón del
plenario, usurpando un asiento dentro de la delegación
nicaragüense. Fue tal el repudio que levantó su presencia, que el
mandatario Enrique Bolaños se vio obligado a retirarle este
privilegio, fruto de los oscuros compromisos establecidos entre su
antecesor, Arnoldo Alemán, y la mafia cubano americana de Miami. A
partir de ese momento, todos pensamos que no habría más espacio
para este personajillo en las sesiones de la Comisión de Derechos
Humanos de Ginebra.
¡Vaya sorpresa volver a
verlo, un poco más viejo, repitiendo el triste papel de blasfemar
contra la Patria, a la que traicionó desde hace mucho tiempo, al
ponerse al servicio de sus enemigos! Sin embargo, luego de la
sorpresa, pensé que su presencia dentro de la delegación
norteamericana no podía resultarnos extraña. ¿Qué tiene de
extraño, pensé, que los Estados Unidos usen a un terrorista como
diplomático, si hasta su propio presidente, George W. Bush, emplea
en nuestros tiempos el más repudiable terrorismo de estado en el
ámbito internacional? ¿No es acaso esto una prueba más de sus
innegables compromisos con aquellos terroristas a los que protege y
financia en su terca beligerancia contra Cuba?
No podía faltar, ante
la certera denuncia de Cuba, la mentira mayor y la burda
justificación. El embajador de EE UU ante la ONU, Kevin E. Moley,
se apresuró a argumentar la presencia de Zúñiga en este foro
internacional. Con no oculto nerviosismo y escasa convicción,
expresó: "Estamos orgullosos de tenerlo en nuestra
delegación. Él es un distinguido activista cubano - estadounidense
de los derechos humanos."
Indudablemente, el
señor Moley parece desconocer quién es en realidad este individuo
y del daño que ha provocado a su propio pueblo al involucrarse en
criminales actos de terrorismo contra el mismo. Si detestable es el
matricidio, lo es mayor aún el delito de atentar contra la madre
Patria. Y eso, mister Moley, lo ha hecho reiteradas veces Zúñiga
Rey.
Aún lo recuerdo frente
a mí aquella noche de noviembre de 1993, cuando me impuso de los
tenebrosos planes de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA),
radicada en Miami, para hacer explotar poderosas bombas en el Hotel
Nacional de Ciudad de la Habana y en un famoso restaurante de esta
ciudad. No había en él ni pena ni preocupación por las
consecuencias de la propuesta que me acababa de formular. ¡Hágalo,
dijo, y será bien recompensado!
Acepté a cooperar con
él en sus funestos planes en mi condición de colaborador secreto
de la Seguridad cubana. Esa era mi misión: conocer y contribuir a
desarticular los planes terroristas organizados por Zúñiga y sus
socios de correrías desde Miami, territorio de los Estados Unidos.
Sin embargo, escondiendo mi repulsa en lo más hondo de mí,
soporté su presencia y la larga verborrea contra su propio pueblo.
No podía entender cómo este camaleón, capaz de presentarse en
diversos sitios, como lo hace hoy en Ginebra, para clamar "por
su sufrida Cuba", era capaz de organizar asesinatos y atentados
sin el menor pudor.
Zúñiga me dijo
entonces, cara a cara, que era necesario ser violento y frío,
calculador y despiadado, para derribar a Fidel y a la Revolución.
Había que organizar un abastecimiento de armas y explosivos para
que mi pretendida célula colocara las bombas en los hoteles y
sitios visitados por turistas en la Habana. Me darían además,
insistió, ocho cápsulas de fósforo vivo para incendiar también
cines y teatros atestados de cubanos inocentes. Aquellas noches de
noviembre y diciembre de 1993 no había piedad en él, sólo odio
irracional y sed de venganza. Supe, pues, sobre la necesidad de
detenerlo en nombre de la cordura y la razón, y eso hice con plena
convicción.
No le bastó a Zúñiga
sólo eso. Después que desarticulamos sus tenebrosos planes,
continuó involucrándome en otros planes no menos dañinos y
peligrosos. Había que estudiar la vulnerabilidad de los principales
hoteles, termoeléctricas y refinerías cubanas para atentar
posteriormente contra ellas. Había también que introducir dinero
falso para caotizar a la circulación monetaria; había que golpear
a la dañada economía cubana y propiciar con ello la caída del
gobierno y el fin de la Revolución.
En muchos planes contra
Cuba estuvo comprometido Zúñiga Rey. No fue sólo el
contrarrevolucionario involucrado en actos de subversión que lo
llevaron a la cárcel en 1970. No fue, exclusivamente, el infiltrado
capturado aquel 1 de agosto de 1974, cerca de Boca Ciega, en la
Habana, cuando venía cargado de explosivos y armas, junto a otros
dos terroristas, a atentar contra su propio pueblo. Fue también el
reclutador de otras personas, de manera sistemática, para realizar
actos terroristas contra ciudadanos inocentes en Cuba. Eso hizo con
un canadiense nombrado Trepanier en 1992. Eso mismo intentó hacer
con el cubano Olfiris Pérez Cabrera en 1993, a quien encargó volar
el cabaret Tropicana a cambio de 20 000 dólares, y que fue la misma
oferta que repetirían conmigo unos meses después. Eso mismo
siguió haciendo desde su cargo de director de la FNCA y desde su
actual cargo de director ejecutivo del Consejo por la Libertad de
Cuba, organización que reúne a lo más intolerante de la mafia
miamense.
Por eso me sorprende que
la delegación norteamericana, con su irrespeto tradicional hacia la
ONU, quiera hoy imponer la presencia de Luis Zúñiga Rey en
Ginebra. ¿Qué valor tuvo, entonces, para este órgano de los
derechos humanos, el informe del Relator Especial de la ONU sobre
Mercenarismo, Enrique Bernales Ballesteros, el cual les presentó en
1999? ¿No estaba allí, acaso, la denuncia de Cuba sobre los planes
de terrorismo continuado en los que se han involucrado personas como
este terrorista devenido en diplomático por capricho de los
norteamericanos? ¿No le dije yo mismo a este funcionario de la ONU
quién era Luis Zúñiga y le aporté pruebas al respecto?
Por ello, amigo lector,
no resultaría extraño que quien fabrica terroristas y los apoya,
como ha hecho siempre Estados Unidos (recuérdese a Osama Bin
Laden), pague después la culpa de sus impensados actos, cuando sus
propios Frankesteins se vuelvan contra él.
Le corresponde al señor
Mike Smith, presidente de turno en las sesiones de la CDH, actuar en
consecuencia. Si se deja a Zúñiga, se habrá santificado otra vez
al terrorismo.
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