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Amanecer Warao en el Orinoco
FÉLIX LÓPEZ y
RICARDO LÓPEZ H.
Enviados especiales
La corriente del
Orinoco, nacida en las entrañas del Amazonas, corre veloz hacia la
costa atlántica venezolana, y se disemina en los laberínticos
caños del Delta Amacuro. Allí, los ríos dividen a la tierra en
centenares de islas, donde sobreviven los indios de la etnia Warao,
acosados desde siglos atrás por la colonización, la industria
petrolera y los peores instintos de la civilización.
De Tucupita a Pedernales, a lo largo del Orinoco, viven los indios sobre
los llamados palafitos.
Para llegar a Tucupita,
capital del estado de Delta Amacuro, se necesita recorrer 730
kilómetros de una soleada carretera, que deja Caracas y se adentra
en el paisaje del oriente, sembrado de pozos y refinerías
petroleras, que le disputan el espacio a una ganadería extensiva,
en tierras de pocos dueños y muchas historias. Por esa región, en
el estado de Monagas, siguen pastando las vacas del ex presidente
Carlos Andrés Pérez, mientras la miseria de muchos campesinos e
indios está enraizada en los bordes de los ríos y hasta se
desborda con ellos.
Por la corriente del
Orinoco, que baja a su encuentro con el mar, también navegan los
misioneros de la campaña nacional de alfabetización. Se les
descubre con sus gorras y franelas a bordo de las curialas, esas
intrépidas canoas construidas con los gruesos troncos de cachicamo,
san zafrán, samán y araguaney, árboles que señorean la tupida
selva del Delta, y cortan las profundas aguas de los caños,
infectadas de pirañas y mitológicas anacondas. Es un viaje al
paraíso, pero también al peligro.
KAINA EKOTAKORE
Hilaria Anzolay, una
anciana de Tekoborujo, dice que en lengua Warao "kaina ekotakore"
significa "el fin del mundo". Allí vive hace 78 años y nunca antes
vio "desembarcar" a un maestro, y mucho menos para alfabetizar a los
de su tribu con un televisor y un video. Cuando le preguntamos qué
ha significado eso para su pueblo, ella se queda en silencio, seca
sus ojos y dice una palabra en su lengua: "Yacaré", que significa
amanecer.
Hasta las tribus Warao llegó la Misión Robinson.
Como Hilaria, otros 14
000 seres humanos de Delta Amacuro anhelaban la oportunidad de
aprender a leer y a escribir. Carlos Mora Dávila, gerente del
Instituto de Cooperación Educacional (INCE) en el estado, asegura
que de esta cifra el 85% son indígenas: "Queremos que aprendan y
salgan de ese mundo de tinieblas, donde lo único que les ha sobrado
es explotación y gente que se aprovechara de ellos... Todavía nos
quedan aulas por abrir en otras 39 comunidades, pero no
descansaremos hasta llegar al último de ellos. Vale la pena solo
por verles su sonrisa".
Mientras se mece en su
chinchorro, como los Warao llaman a las hamacas, Euclides Aray lee
su cartilla y ríe cuando descubre el flash de la cámara. Pero su
alegría es como una noche sin estrellas, porque le faltan todos los
dientes, perdidos uno tras otro ante la falta de un odontólogo: "Ahora,
dice, estoy aprendiendo, y cuando ya sepa escribir le haré una
invitación al presidente Chávez, para que se traiga a Fidel y
enseñarles a los dos cómo se llega a la Isla del Diablo, donde
nacieron mis padres".
LOS VERDUGOS DEL
WARAO
La tierra de los Warao
fue una suerte de paraíso hasta mediados del siglo pasado, cuando
dos empresas gringas —Orinoco Mining e Iron Mining— iniciaron la
segunda colonización del Delta Amacuro. La construcción de un
dique-carretera obligó a cerrar los caños de Mánamo, Manamito y
Pedernales, tres de los principales brazos del gran río, para abrir
camino a la explotación petrolera y de mineral de hierro.
Otra empresa
norteamericana, la Tippets-Abbett-McCarty-Stratton, inició las
obras, e introdujo de paso una intensa explotación de los recursos
forestales...Las comunidades Warao fueron desplazadas violentamente,
se les despojó de sus territorios ancestrales y utilizaron a los
indígenas como mano de obra barata. Con el río obstruido,
desapareció la pesca y el estancamiento generó una gran
contaminación de las aguas, provocando la muerte de cientos de
indios.
Los sobrevivientes
siguen ahí, subidos a los palafitos, ranchos construidos sobre
pilotes en el borde de los caños, y ocupan su tiempo en el tejido y
la talla de madera, mientras los más viejos de las tribus no logran
concebir el mundo sin el moriche, el "árbol de la vida" del que
sacan todo: madera, chinchorros, mecates, alpargatas, cestas, la
fruta, una harina (yuruma) para hacer pan, y hasta los gusanos que
ingieren crudos o cocinados.
A cientos de kilómetros
de Tucupita, remando incansable por el caño Mánamo, va el indio
José del Sol. Desde su curiala, cargada de plátano y carne de
lapa, nos advierte de la presencia de un tigre que se agazapa en la
orilla tras una colonia de boras, como los Warao llaman a las
malanguetas o flores de agua: "Voy tarde, dice apenado ante nuestra
invitación a conversar, porque en Isla del Diablo me espera la
maestra. Y ese es el futuro compa, el futuro".
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