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05/11/2002
Portada de hoy

Procesos electorales en Estados Unidos

Esa rara democracia

NICANOR LEÓN COTAYO

Desde hace 43 años en Washington martillan el estribillo de que en Cuba no existe democracia, y posiblemente nunca un fiscal ha tenido menos autoridad para juzgar a quien acusa.

Ahora ha vuelto a demostrarse que en Estados Unidos los procesos electorales están en manos de multimillonarios, en tanto el resto de la población no desempeña un papel esencial en esos espectáculos.

En las elecciones del 2000, solo en la promoción de candidatos por televisión se gastaron unos 1 000 millones de dólares, algo que hace recordar allí la publicidad comercial sobre las virtudes de una pasta de dientes o de cualquier otro producto.

Hasta la semana pasada los candidatos demócratas y republicanos habían recaudado 878 millones de dólares para financiar sus aspiraciones de ganar este 5 de noviembre un escaño en la Cámara de Representantes o en el Senado.

En la Cámara, el congresista que más dinero acopió fue Richard Gephardt, con 5 millones 215 mil dólares, y en el Senado fue la legisladora Jane Carnahan, con 10 millones 
727 470 dólares.

Los candidatos a Gobernadores también hicieron enormes gastos. Por ejemplo, en Texas, el demócrata Tony Sánchez invirtió 64 millones de dólares para derrotar al republicano Rick Perry, y de tal cifra, 54 millones proceden de su fortuna personal.

Según la revista financiera Forbes, hay una lista de políticos estadounidenses cuya riqueza individual va ascendiendo desde 200 millones de dólares hasta uno de ellos que llega a 
4 800 millones.

Este último es el alcalde republicano de Nueva York, Michael Bloomberg, quien para llegar a esa responsabilidad gastó 73 millones de dólares de su propio bolsillo.

Ahora un candidato para gobernador del estado de Nueva York, Tom Golisano, del Partido Independiente, invirtió en su campaña alrededor de 54 millones de dólares procedentes de su fortuna.

De manera paradójica, mientras tuvo lugar ese derroche de millones de dólares en la promoción de candidatos, se continuó agravando la situación personal de muchos estadounidenses.

El pasado 30 de octubre dieron a conocer en Nueva York un plan dirigido a reprimir con mayor fuerza a los norteamericanos carentes de hogar que viven en la calle.

Por ejemplo, la votación del 5 de noviembre será utilizada adicionalmente en la ciudad de San Francisco para definir si el municipio prosigue asistiendo o recorta drásticamente los fondos asignados a una parte de los mendigos que transitan la urbe.

Según dijo la agencia ANSA el miércoles último, en esa localidad hay unos 10 mil mendigos, el doble de hace una década y muchos, plantea ese medio noticioso italiano, sufren de enfermedades mentales y de alcoholismo.

Además, el alcalde de Nueva York, Bloomberg, admitió que los sin hogar acostados cada noche en cualquier lugar aumentaron notablemente en los últimos meses, algo no frenado ni por la brutalidad policíaca.

Organizaciones humanitarias han denunciado que todos los días unos, como mínimo, 37 mil neoyorquinos buscan refugio en asilos para indigentes, y muchos otros se despliegan en aceras, parques y debajo de puentes.

Antes de los hechos terroristas del 11 de septiembre del 2001, agrupaciones comunitarias de esa urbe denunciaron que alrededor de 400 mil personas estaban mal alimentadas allí, y que más de 110 mil sufrían hambre.

O sea, por un lado, cataratas de dinero para las elecciones, y por otro cada vez más pobreza en Estados Unidos, rara democracia que en Cuba no es comprendida y de la cual se desprende una pregunta:

¿No sería preferible, en lugar de reprimir a los estadounidenses muy pobres, dedicar a la solución de sus problemas una abultada parte de los millones de dólares invertidos en procesos electorales?

05/11/2002

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