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Con Voces del silencio Andrés D. Abreu
Encontrar sus Voces... merece el amparo de interrogantes desde ese postmodernismo que Cosme considera libertador de su originalidad y le permite el traslado a este milenio de unos cánones que la vanguardia intentó desvalidar. Recorrer nuevamente Voces del silencio, entre decenas de admiradores que hacen continua la presencia de lo real actual en la sala, implica entonces la posibilidad de un nuevo sobrecogimiento. Se descubre que Cosme no está detenido, ni ajeno al presente, que viaja por el neotiempo en la generalidad de su obra y por el postiempo en los fragmentos. Justo a la entrada está el pintor boscomaníaco. Luego otro muy barroco en la serie Sin rostros que pasa con mesura a Los dioses escuchan, y al final logra una Cecilia Valdés II que, junto a Jardín, ilustran lo ecléctico de sus apropiados movimientos pictóricos. La serie Sin rostros en lo corporalmente vacuo de sus recargados ropajes deja un espacio perfectamente humano para el otro, para el que mira y gusta de penetrar en la transparencia y se atreve a los atavíos distintivos y la irracionalidad de los submundos. Los dioses escuchan propone una experimentación de sonidos a partir de futuros instrumentos que pudieran conformar una orquesta de músicos que cultivan sus cuerpos decorados sobre la piel. Profusión de Cosme que siente a su pintura como un "soy yo mismo" y la vierte ante los tantos que llegan al Museo de Bellas Artes preguntando dónde pueden verlo. |
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