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Sabor a isla Pedro de la Hoz
La Escuela Cubana de Ballet, aprehendida en la sangre desde su niñez y con el iluminador sedimento de las inolvidables clases de Alicia Alonso, debía abrirse paso, a través de Gonzalo, en medio de difíciles circunstancias.
Luego, la República Democrática Alemana conservó y desarrolló el teatro como uno de sus centros culturales más importantes, pero ya en los 90, luego de la reunificación, mucho del antiguo esplendor se había perdido en lo que a la danza se refiere. Es por ello que la dirección del teatro apostó por Gonzalo Galguera, quien había ganado reconocimiento en la Komische Oper berlinesa. "Daba miedo aceptar la empresa —me dice ahora— porque entre el inmovilismo y la carencia de un proyecto artístico definido, la danza, para decirlo en cubano, era la última carta de la baraja en Dessau". Pero él sabía qué tipo de bailarines necesitaba, qué líneas de repertorio debía desarrollar y qué estrategia diseñar para que las autoridades de la ciudad y el estado volvieran a confiar en el Dessauballet. El primer gran éxito fue Carmen, no la que Alicia ha inmortalizado, sino una Carmen cubana que se instala en Europa, una joven de estos tiempos. Músicas de Lecuona, Cervantes y Guido López Gavilán le inspiraron los movimientos. Esa Carmen estremeció el mundillo artístico de Dessau e hizo que Alemania se fijara en la capacidad creativa de un coreógrafo que irrumpía con fuerza en una escena tan competitiva. A partir de entonces se sucedieron los estrenos y se fue configurando un repertorio donde lo clásico se complementa con la más viva actualidad. Hoy día, el Dessauballet se reconoce como uno de los símbolos de una ciudad que por sí misma inspira respeto universal, al albergar la sede de la Bauhaus, el más revolucionario proyecto de diseño y arquitectura que tuvo lugar en el siglo XX. |
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