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La comunión posible LEYLA LEYVA Decía un conocido estudioso español que al acto de la lectura le correspondía serenidad y respeto, al estilo de una ceremonia en la cual el silencio del hombre daba cobija a sus animales interiores. Pero pocas veces estos pensamientos cobran el vigor de la sentencia en la vorágine de nuestras vidas. Si no fuera porque de vez en cuando leemos con mayor consideración que otras, y si no fuera también porque son muy pocas las veces que uno puede dar con un libro ideal a los sentidos y al intelecto, pues la máxima estaría descansando eternamente en el archivo de las sugerencias. Encontrar en el panorama de nuestra poesía un libro como Viendo acabado tanto reino fuerte, de Roberto Méndez (1958), colma de esperanzas cualquier recurrente reflexión sobre el destino de la poesía. A pesar de lo abundante y múltiple que se publica hoy en el país, estos versos del poeta camagüeyano son para ocasiones de un recogimiento sumo, y al mismo tiempo, de una voluntad de espíritu y conocimiento, que no creo pueda repetirse como experiencia novedosa en un buen tiempo. Como por lo general se sospecha más y peor de la alabanza que de la crítica, cabe aquí señalar que en este libro de 107 páginas y 45 poemas resultaría tarea ingrata buscar la paja (o el descuido) en el ojo del convocado. Por aquello de que la perfección no representa ocupación de mortal, podría recomendarse, en cambio, ignorar cualquier exaltación crítica, aunque de igual manera será difícil desconocer la maestría de la obra. Ganador del Premio Nicolás Guillén 2001 y editado por Letras Cubanas, el cuaderno Viendo acabado tanto reino fuerte, ha borrado todo margen posible entre la legitimidad y el supuesto con una sabiduría reveladora y un gusto por lo contemplativo y lo referencial (pinturas, pintores, la danza, la mitología, Dios o el Oriente), que marcan, al fin y al cabo, la distinción. Lo notable en la poesía de Méndez radica en que la circunstancia poética aparece "descentrada" de esa típica envoltura del lenguaje simbólico o el referente erudito a priori, y se adentra en una plática evocadora, de condición casi elegíaca, aunque de naturaleza más ambiciosa e indagadora, cognitiva, diríamos, a la manera de los grandes poetas que hacen verosímil la comunión del ánima lírica con la sustancia humana. (Del poema Discurso para Dios, incluido en el libro Viendo acabado...) ...Señor, ¿ por qué has dejado a los dormidos a/ merced de la ballena, / vomitando su tristeza a las puertas de Nínive?, / ¿quién rehará la cópula rasgada como un velo?/ Despiértales sólo un instante para decirles/ que aquella oscura mujer ha muerto,/ para mentirles sobre la magia y cantar/ la árida resistencia de los que tocaron un cometa/ en la noche. /Vendrá la guerra, otros edificarán sobre la ciudad/ sus graales, / pero ¿quién comprenderá lo subterráneo, /lo que no puede resolverse en una melodía o/ un quejido?/ Árbol de las destrucciones, también te has ocultado/ mientras revuelvo vanamente las profecías/ repitiendo: qué es la resistencia... qué es el deseo.../no habrá un nuevo orden sino un crujido, /un crujido inmisericorde del tiempo, / también tú.../ |
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