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El vital Fokin ANDRÉS D. ABREU
El gran talento de este bailarín, coreógrafo y maestro de la danza, también músico y pintor, se desarrolló entre gérmenes de la vanguardia artística y ello aceleró su genialidad y la aparición para la danza de un reformador del ballet. La evolución fokiniana, evidente en su repertorio, comenzó a recorrer el escenario de la sala Lorca del Gran Teatro de La Habana con Las sílfides, obra considerada neo-romántica por su ruptura formal de las líneas y el movimiento. Laura Hormigón, Oscar Torrado, Ivis Díaz y Sadaise Arencibia, junto al cuerpo de baile, ejecutaron esta pieza que, al decir de Alicia Alonso: "demostró que se podía bailar un estilo clásico-romántico de una manera más moderna".
El espectro de la rosa, como segunda obra, continuó reafirmando las formulaciones danzarias de Fokin. La interpretación de Guiuseppe Picone de El espectro... constituyó una demostración de gestualidad ajustada a la expresión de la trama del ballet y del cuerpo del bailarín como expresión íntegra, sin puntos muertos. Para el bailarín italiano, convertirse idílicamente en una rosa que Anette Delgado llevaba en su pecho, implicó asumir la más profunda y extrema delicadeza en cada parte de sí y en cada movimiento. Magistral clase de baile sostenida a la medida del espíritu de una obra y en la limpieza de un estilo. Luego de El espectro... se bailó Carnaval (pas de troi) y con esta coreografía se evidencia al Fokin que buscaba en el ballet un espejo de la vida tan expresivo como el drama. Los personajes de esta pieza —Colombina (Hayna Gutiérrez), Arlequín (Victor Gilí) y Mimo (Félix Rodríguez)— sin ser totalmente reales muestran un comportamiento dramático de mucho más verismo. Para cerrar se repuso Petruchka. Ausente de los escenarios cubanos por más de veinte años, esta creación resume al Fokin de la vanguardia artística del siglo XX. Todos sus presupuestos reformistas dictados en 1905 están ilustrados en esta obra.
Con música de Stravinski y diseños originales de Benois, la coreografía de Fokin devela un rompimiento total. No abandona la danza clásica en que siempre creyó, pero la devuelve mucha más escénica y en función exclusiva de la trama. El cuerpo de baile en anárquico, pero lógico desarrollo, alcanza el protagonismo por instantes. La vida, tal cual parece transcurrir sobre las tablas en algunas escenas y la danza, aparece como elemento de distinción de los personajes. El desesperado muñeco Petruchka, que siente como hombre y no puede expresarse como tal en un medio hostil e incomprensivo, ya es otra historia y conlleva otra forma de hacer la danza. El personaje, excelentemente logrado por el bailarín italiano Toni Candeloro, estuvo acompañado por la buena interpretación de Bárbara García como la Ballerina y la menos convincente actuación de Adrián Marrero como el Moro. Petruchka es un Fokin íntegro y diverso, moderno y vital, que traído al 18vo. Festival por el Ballet Nacional de Cuba, también pudo verse como un signo de postmodernidad.
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