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Pase de revista ROGELIO RIVERÓN Aliviada la memoria del tiempo en que las publicaciones culturales quedaron reducidas casi a cero, pudiéramos caer en la tentación de asumir las revistas de hoy con automatismo superficial. De entrada, debemos respetarle al lector su derecho al bovarismo, que es la forma en que el francés Daniel Pennac explica la lectura por la lectura, un salto de texto en texto ansioso e insaciable. Una mirada detenida, sin embargo, arrojaría ideas más exactas —más inquietantes quizás— en torno al fenómeno de las revistas, en especial de aquellas que se adscriben a los Centros Provinciales del Libro y la Literatura. Ahora los escritores nos sentimos más cómodos. El hecho de que cada provincia de Cuba tenga su revista cultural ha dotado al panorama del arte de un equilibrio en alza; las aguas corren e irrigan los campos otrora resecos del pensamiento en letra impresa, pues ya se sabe que no solo se garabatea para los libros. Hay textos imbuidos de una energía que los hace preferir el espacio abierto de la revista, que es más expansiva, dada también a la confrontación, a la polémica, sin que olvidemos aquellos otros meramente informativos, o el reportaje o las gacetillas como esta, que aceleran, en el mejor de los casos, el caldo de cultivo de la cultura. Era lógico, por otra parte, que aparecieran los desbalances, como lógico es que se comenten. Lo cierto es que las revistas —casi todas con una periodicidad trimestral— se siguen pariendo con agonía, no atinan por lo general a salir en tiempo y algunos trabajos se contaminan de atraso: su lectura es como encender una hoguera para que nos descubra el velero que pasó ayer. Tampoco es óptima la selección de los materiales. Los discursos —una revista lo es, sin lugar a dudas— conscientemente regionales no debieran darse el lujo de ser regionalistas, pues la cultura mueve las fronteras con un arrojo que le viene de la necesidad de resistencia. No estoy seguro de que en todas las revistas se busque a conciencia el equilibrio entre la región y los espacios exteriores, a pesar de las buenas demostraciones de la pinareña Cauce, para acabar de decir un nombre. También me intriga la uniformidad, ese afán por parecerse del que se ufanan nuestras revistas, que no siempre está condicionado por cuestiones financieras. En los peores casos uno comprende que lo distinto son las firmas, no el diseño o los enfoques de los textos. Pero no he venido a regañar (toda opinión es subjetiva, y es también una lucha de quien la expresa contra sus propios prejuicios), sino a exponer algo de lo que no me gusta de nuestras revistas culturales. Pues no ignoro que son el portador de la cultura, y que hay otras como la santiaguera Sic o la capitalina Extramuros que se dejan hojear con asentimiento. |
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