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Vueltabajo desde el horizonte FÉLIX LOPEZ Dejamos atrás la geografía de Vueltabajo: su paisaje arruinado en pocas horas por dos rabiosos huracanes, el río Cuyaguateje todavía sin riberas, las típicas casas de tabaco convertidas en esqueletos de madera, las playas tristes y los pueblos dedicados a rescatar su milenaria tranquilidad.
Después de 15 días, todas esas imágenes se arremolinan en la autopista del regreso, mezcladas con las enseñanzas del pueblo que las enfrenta: jamás una noche ha vencido allí al amanecer, y nunca un problema ha derrotado a la esperanza. Sin esa convicción —que es tan importante como las tejas y el cemento— no se reponen techos o se regresa a la normalidad. Es imposible que en mucho tiempo nos olvidemos del desastroso escenario sembrado por Isidore y Lili en las fértiles tierras del macizo tabacalero (San Luis-San Juan), en los cítricos de Sandino, las plantaciones forestales de Mantua, las comunidades pesqueras de todo el Sur pinareño, y los techos arrancados a los hogares de miles de correligionarios. La recuperación, que en casos como estos adquiere un sentido menos efímero y más participativo, avanza como un barredor de tristezas. La vida regresa a una relativa normalidad dentro de la contingencia: vuelven la luz eléctrica y el agua, no falta qué comer y los niños retornan a las escuelas, pero quedan miles de casas por construir y se necesitará de meses para volver a enrumbar la economía. La forma en que las personas hacen frente al sufrimiento y a la pérdida de bienes más preciados dice mucho de ellas. En Pinar del Río no esperaron mucho para sustituir alguna lágrima por el sudor de largas jornadas, robándole terreno a la fealdad dejada por los huracanes, y tendiéndose manos en todas direcciones, con la certeza de que nadie puede llegar a lo que ahora sueña si no llegan todos juntos. Ya en La Habana, y antes de perderme en el huracán de la cotidianidad, trato de recordar las deudas pendientes de esta larga cobertura: debe ser la cercanía profesional, pero el primer recuerdo que me asalta está entre las paredes de El Guerrillero, ese periódico que por más de 15 días se ha convertido en una suerte de cordón umbilical entre las zonas de silencio (que eran más de la mitad de la provincia) y el mundo de la noticia. Pero lo que más asombra no es que lo estén haciendo con extraordinaria profesionalidad, sino que se sacudieron de cierta modorra que suele rodear a una publicación semanal, y con cuatro computadoras, siete periodistas y tres carros llegaron, día por día, a los sitios más afectados, para luego devolverles noticias y esperanzas. Así, convertidos en un diario de guerrilla, los encontró el 8 de Octubre. Entre mis apuntes, saltan también las historias dejadas en Mantua, Guane y Sandino por las brigadas de especialistas de la Salud que salvaron varias vidas, aislados por ríos crecidos, lejos de sus hospitales y sin tener a mano modernos equipos e instrumentos médicos. La preocupación por el ser humano —esa previsión que solo habita en el alma de una Revolución verdadera— los había llevado a esos pueblos horas antes de que pasaran los huracanes, y en condiciones difíciles salieron airosos en partos o riesgosas operaciones. Hay muchas otras historias regadas por toda la tierra pinareña. Anécdotas de hombres y mujeres que tal vez nunca se conozcan, y a ellos ni les molesta, porque el anonimato es la expresión más genuina del altruismo: cientos de linieros eléctricos y telefónicos, combatientes de las FAR, carpinteros y periodistas... Todavía hay muchos de ellos que no han regresado a sus provincias, y ni saben cuándo lo harán, como otros cientos que siguen llegando. Y dejo para este párrafo, con la certeza de que lo último es lo que más se recuerda, a la humilde y noble gente pinareña. Ellos han tenido la fuerza para sobreponerse a lo que una semana atrás parecía insoportable. La solidaridad le ha crecido más alto que los ríos, y las casas que quedaron en pie abren sus puertas para los que se quedaron sin nada. Alejo Pino, un sabio pescador de La Coloma, lo sabe explicar en nombre de todos: "La Revolución es como el mar: se ve el horizonte, pero no tiene final". |
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