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10/10/2002
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Símbolo de dignidad y rebeldía

LUIS SUARDÍAZ

El 6 de abril de 1871 Carlos Manuel de Céspedes observa el ir y venir del mar en Báguano y poco después le describe a su segunda esposa Ana de Quesada, el hermoso paisaje: "Después de tres años y medio que dejé de verlo en La Demajagua, él me trajo a la memoria mi antiguo estado de señor de esclavos, en que todo me sobraba: lo comparé con este en que ahora me veo, pobre, falto de todo, esclavo de innumerables señores, pero libre del yugo de la tiranía española, y eso me bastó: prefiero mi actual estado".

Es todavía el Presidente de la República en Armas, aunque acosado por el egoísmo, la envidia, la ineptitud de jefes locales que no saben serlo verdaderamente y que al cabo lograron que la Cámara aprobara su deposición y lo confinaran al caserío de San Lorenzo con escasa protección, lo que propiciará que los soldados de la Metrópoli lo descubran y le den muerte en desigual combate el 27 de febrero de 1874, exactamente seis años y tres días después de que iniciara, con un puñado de próceres, aquel histórico levantamiento en Yara que marcó el inicio de una larga lucha por la independencia.

Carlos Manuel nació el 18 de abril de 1819 en Bayamo, hijo de Jesús María Céspedes, conocido familiarmente por Chucho, descendiente de sevillanos de Osuna, y de Francisca de Borja, procedente de una cepa camagüeyana. Se crió en el campo, jinete libre en su caballo, arisco, poco dado a los estudios, pero ya a los diez años de edad se convierte en un alumno aplicado, se adentra en la filosofía y el latín y se emplea en la traducción de la Eneida de Virgilio.

En 1838 alcanza el grado de bachiller en Derecho Civil en el afamado San Carlos de La Habana, retorna a su predilecto ámbito bayamés y contrae matrimonio con su bella prima María del Carmen Céspedes. Pronto nace su primer hijo, pero eso no le impide partir hacia Barcelona en 1840 para terminar sus estudios. La maestra de historiadores, Hortensia Pichardo, quien con su esposo Fernando Portuondo, ahondó en la vida y la obra revolucionaria y literaria de Céspedes, acoge el testimonio del historiador camagüeyano-bayamés Fernando Figueredo, en el sentido de que en la rebelde Barcelona —escenario donde también completaron su formación Ignacio y Eduardo Agramonte— Carlos Manuel, que hasta sus estudios de bachillerato solo firmaba con su primer nombre, llegó a ser capitán de milicia y en Contestación, su primer poema publicado (en La Prensa de La Habana, el 28 de enero de 1852, justamente un año antes del nacimiento de José Martí) algunas estrofas parecen confirmarlo. Allí se describe como un joven todo fuego, viveza, inquietud, movimiento, y afirma: "Era la lucha para mí la gloria/ de la milicia ciudadana/ el sable empuñé con vigor".

Enriquecido con esas experiencias, desde la manigua en guerra se dirige a los peninsulares y les dice: "Muchos de nosotros aprendimos en vuestras aulas universitarias cuán absurdo es el derecho de conquista". Era un apasionado, un primogénito del mundo, como lo evocara Martí. De ahí que en sus versos autobiográficos se declare apóstol de la nueva religión del trabajo y el ruido y se lamente de lo despacio que marcha la sociedad insular y confiese, altivo: "a un pueblo quise despertarÁ".

Niño formado en el medio natural, adolescente entregado a los estudios, joven abogado que antes de retornar al puro cielo de la Patria, recorre Inglaterra —donde dice haber conocido todos los placeres de la alta sociedad inglesa—, Alemania, Francia, Italia, Turquía, en busca de respuestas para sus inquietudes. Se establece en Bayamo con 23 años y confiesa que solo su joven mujer calma su impaciencia, pues se siente incómodo en una ciudad que hasta 1855 no tiene ni imprenta ni periódico, donde escribir versos y reunirse en tertulias se consideraba un síntoma de afanes conspirativos por las autoridades coloniales. Y antes de propugnar el meditado grito de independencia o muerte, intenta moderadas reformas: funda la Sociedad Filarmónica que preside Perucho Figueredo con él de secretario. Realiza versiones de piezas dramáticas francesas, arma cuadros de comedias, escribe obras para la escena en las que a veces actúa, aplica modernas soluciones arquitectónicas, observadas en Barcelona en la casa que su padre construye, traduce a Byron y también textos sobre el ajedrez que siempre tuvo como formidable pasatiempo, sin abandonar el ejercicio del Derecho que lo ocupó durante más de veinte años y aún halla tiempo para desempeñar funciones de síndico en Bayamo y defender a los esclavos.

También interviene en composiciones de canciones, y no solo en La Bayamesa, la mayoría de las cuales se perdieron. La llamada Conchita, inspirada en una atractiva principeña, fue estrenada en una fiesta popular en Guáimaro, el 7 de diciembre de 1865, ocasión en que camagüeyanos y orientales, so pretexto de las fiestas, se reunían para conspirar como temía el gobierno colonial.

Esa incesante actividad lo hace altamente sospechoso y lo confinan primero a Palma Soriano y después a Baracoa y Manzanillo donde establece un nuevo hogar y funda la Filarmónica, prosigue con sus crónicas y poemas, su profesión de abogado y en 1860 lo eligen contador de la Junta de Fomento y socio corresponsal de la Sociedad Económica de Amigos del País.

Este es el perfil de un revolucionario cabal, apasionado de la libertad, que pronto comprendió que tendríamos que valernos de nuestras propias fuerzas para ocupar un sitio digno en el concierto de los pueblos de América y no esperar nada de las administraciones norteamericanas que únicamente "aspiraban a apoderarse de Cuba".

Como poeta dijo conocer el valor de la tristeza a la que no se rindió, sin embargo. Nunca se arrepintió de sacrificar riquezas y comodidades, combatió la esclavitud en todas sus manifestaciones y mostró más de una vez su íntima satisfacción por la aprobación de lo que llamó el elocuente laconismo del artículo 24 de la Constitución de Guáimaro que proclama: "Todos los habitantes de la república son enteramente libres".

Fidel, quien encabezó el movimiento revolucionario que el Primero de Enero de 1959 hizo realidad esa patriótica demanda, nos dio en breves y certeras palabras lo esencial del ideario del Padre de la Patria, cuando afirmó: "Simbolizó la dignidad y rebeldía de un pueblo que comenzaba a nacer en la historia". Un pueblo que hoy, en las nuevas condiciones de la lucha por la plena libertad del hombre, conserva con orgullo la memoria del insigne fundador de la nación.

10/10/2002

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