![]() |
|
Carilda, premio José Vasconcelos LUIS SUARDÍAZ Este 12 de octubre, en su entrañable ciudad de Matanzas, Carilda Oliver Labra, Premio Nacional de Poesía y Premio Nacional de Literatura, recibirá el galardón que lleva el nombre de José Vasconcelos de manos del presidente del Frente de Afirmación Hispanista, Fredo Arias de la Canal.
A sus ochenta años Carilda sigue escribiendo con la frescura y la ilusión de las adolescentes, esas que cada día descubren una espléndida flor entre las espinas. Recuerdo con precisión la primera vez que escuché un poema suyo. Fue en ocasión de un recital de Olga Rodríguez Colón, en la década del cincuenta en Camagüey. Yo tenía dieciséis años y me complació el que esos poemas de amor no desdeñaran el humor, a diferencia de la mayoría de las piezas de ese carácter que circulaba entonces. Olga también nos revelaba a una autora cuyas rimas no parecían forzadas y cuyos versos libres fluían sin obstáculos. Hacia 1958 Carilda me hizo llegar su más reciente libro, Memoria de la fiebre, y un amigo principeño me regaló un ejemplar de Al sur de mi garganta. Pero no la conocí hasta noviembre de 1959, al regreso de un viaje a La Habana, con el ritual de un paseo por las arenas encendidas de Varadero. Ese diálogo iniciado en su casa de la calle Tirry no se ha interrumpido durante más de cuarenta años, a veces con la complicidad de Nicolás Guillén y Rolando Escardó que mucho la apreciaban, otras en encuentros, como aquel de Camagüey, en octubre de 1960 en apoyo a la Revolución, en congresos, jurados, peñas, entrevistas en Matanzas, en cualquier lugar del país o bien en las montañas andinas de Venezuela. El modo peculiar de su generación de abordar el coloquio poético —que hoy algunos consideran propio de un pasado lejano, casi siempre por razones extraliterarias— tuvo en ella, en Escardó y en otros jóvenes, partidarios inconformes de gran figuración. Carilda, además, tejió la trama del verso nuevo sin que diminuyera ese acentuado lirismo que caracteriza toda su obra. Admirada desde hace medio siglo por lectores de sucesivas generaciones. Apreciada, aunque no siempre, ni siempre a tiempo, por la crítica, Carilda ha hecho su exitoso camino verso a verso sin detenerse en un tema, sin limitarse a una forma estrófica ni encerrarse en una escuela literaria. Ya en las palabras de ofrecimiento de su segundo poemario —Al sur de mi garganta— sostenía: Publicar versos es descubrir verdades que ni siguiera sospechamos. Desde entonces continuó descubriéndose ella misma en cada nuevo libro. Unos con poemas de claros tonos juveniles y romances soñados o vividos, otros de intenso erotismo o bien portadores de la denuncia social o francamente insurrectos. A veces narrando las peripecias del hogar. Y con el tiempo y las nuevas experiencias, retornaron las elegías que ya distinguían su poesía inicial, y siempre el amor con su lírica fuerza. El personaje constante, principal, de su obra es ella misma, vista sin indulgencia y sin someterse a críticas devastadoras, aunque no todo lo que cuenta pertenece a su historia íntima como algunos aún creen. Con suprema coquetería se describe: Tengo el cabello rubio, de noche se me riza, mas de súbito todo lo funde en una imagen y proclama, en medio de la lucha contra la tiranía que quiere ser: hermosa como una revolución. Carilda recibe el premio que lleva el nombre del relevante escritor azteca en el jubileo de sus fecundos ochenta años. Con la satisfacción de ser reclamada por el pueblo y admirada por colegas de todas las promociones y, todavía puede decir: mirando para arriba el sol se me convierte /en una luz redonda y celestial que canta. |
|