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Reto inmenso NIDIA DÍAZ
Lo que aún se debate es si lo logrará este 6 de octubre o tendrá que esperar al próximo 27, lo cual le daría a su oponente —en este caso tampoco se duda de que sea el oficialista Jose Serra—, la posibilidad de recomponer fuerzas. Lo que suceda en Brasil, no ya en las urnas, sino en el período postelectoral, influirá en el futuro inmediato en Argentina, Uruguay y Ecuador, para citar solo aquellos en espera de presidenciales, donde la confrontación con las políticas salvajes neoliberales ha fomentado la integración de movimientos políticos y sociales cuya influencia crece. Por ello, más que especular acerca de cómo quedará conformado el espectro político brasileño tras los comicios, o si en el Senado y la Cámara el nuevo Presidente tendría o no mayoría, si logrará alianzas que acorten las distancias con los opositores, lo que nos interesa comentar son las condiciones en que Lula asumiría el Ejecutivo y hasta dónde podría llegar. Brasil, se ha dicho muchas veces, es la décima economía más grande del mundo. No obstante, está sumido en una profunda crisis con un pronóstico de crecimiento de entre 0 y 1% y una seria devaluación de su moneda nacional, la cual en lo que va de año perdió el 69% de su valor. Su deuda externa pública asciende a 265 000 millones de dólares, equivalente al 63% de su PBI. De las reservas del país, calculadas en 32 000 millones de dólares a mediados de la década de los noventa, hoy quedan solo 5 000 millones. Es, además, uno de los países más injustos del mundo en cuanto a distribución de la riqueza, donde el 1% de los más ricos acapara el 13,1% del ingreso nacional, casi el 14% que se distribuye entre el 50% más pobre. De sus 170 millones de habitantes, cerca de 44 millones sobreviven en la línea de pobreza; de ellos, 36 millones son indigentes. Un dato elocuente lo reveló el Instituto de Investigaciones Económicas Aplicadas (IPEA): "En la India el ingreso del 20% más rico es cinco veces el del 20% más pobre; en Estados Unidos la relación es de 8, en Chile de 18 y en Brasil, 33". Mientras en 1995, se gastaba en esa nación sudamericana el 20,3% de la recaudación impositiva en educación, en el 2000, gastó solo el 8,9%. Similar situación se produjo en la educación superior cuando en 1995 se gastaba el 9,2% de la recaudación impositiva, cinco años más tarde solo se destinó el 4,2%. Sin embargo, mientras en aquel año se destinaba el 24,9% de la recaudación al pago de los intereses de la deuda externa, en el 2000 se entregaba a los acreedores el 55,1%. Es, en este contexto que, de confirmarse los pronósticos, asumirá Lula la conducción de Brasil en alianza con el conservador Partido Liberal y otros pequeños partidos y movimientos de la izquierda. La tarea será enfrentar una economía que se desploma junto al pacto de honor suscrito con el Fondo Monetario Internacional: hacer suyos los compromisos del gobierno saliente para el crédito de 30 000 millones de dólares que necesita el país para continuar honrando el pago de los intereses de la deuda externa. La incógnita a partir del 6 de octubre o del 27, si tuviera que ir a segunda vuelta, es si Lula —el primer presidente de origen obrero que asumiría la presidencia de Brasil—, podrá llevar adelante su programa encaminado a saldar una buena parte de la deuda social acumulada en el país sobre la base de la fidelidad a la soberanía y la independencia de la nación, teniendo, al mismo tiempo, que cumplir los compromisos con los usureros del FMI, dirigidos a mantener una recia disciplina fiscal, control de la inflación y austeridad en el gasto público. Los ojos de América Latina, como nunca antes, mirarán hacia Brasil, donde su nuevo y popular Presidente deberá enfrentar un reto tan inmenso como el país mismo. |
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