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Fotógrafo de la fotografía ANDRÉS D. ABREU
Su insistencia de obturar sobre estas imágenes en desbandada, que conforman el llamado séptimo arte (tan admirado como proceso visual), le ha aportado un grado cautivador y de singularidad dentro del conjunto de fotógrafos cubanos enmarcados en la experimentación.
Sus capturas más recientes se exponen en la planta baja de la Fototeca de Cuba en una muestra que aunque no alcanza lo superlativo en toda su composición, va consagrando su actitud de retomar fotos y permite la percepción de un proceso creativo que enriquece con buenos ejemplos los caminos propuestos por la fotografía contemporánea. La colección de Lache no lleva título en sus piezas, ni identifica la obra cinematográfica de donde la sustrajo el lente de su cámara. Esto permite al espectador enfrentarse a algunas fotos desentendido de la fuente inicial de imágenes y tomarlas como un producto visual independiente y desacralizador, como el retrato a un mundo de peculiares características. Por aquí consigue este artista un número de creaciones significativas capaces de consolidar su espacio fotográfico en la medida en que logra evidenciar las marcas de un estilo. Pero no toda la exposición transita por los mismos presupuestos pues otro número de creaciones no suprematiza la abstracción y deja entrever la raíz fílmica retomada. Entonces se puede descubrir que Nada, la película de Juan Carlos Cremata, es una de las proveedoras de imágenes para la subversión de Lache. La actitud expectante cambia ante la evidencia, y la obra del fotógrafo pasa a ser una especie de octavo arte, si el cine es realmente el séptimo como se le considera. Funcionan entonces, ante estas fotos, otros mecanismos de aproximación visual que van mas allá de la doble fotografía. La dramaturgia y el resto de los componentes artísticos de Nada (escenografía, actuación y hasta la música) encuentran posibilidades para asomarse al proceso de percepción de las imágenes dependiendo de la posición interactiva del receptor ante la disyuntiva filme-foto. Se favorece con esta evidencia de la obra genérica una tricotomía donde cambian de lugar Lache, la cámara y el cine que le precede. De este conflicto no siempre sale bien parado el joven fotógrafo pues algunas obras no sobrepasan la estética proyectada en Nada, aunque hay otras donde elementos que pudieron rodar con indiferencia sobre la pantalla son rescatados y redimensionados en sus segundos retratos. Este riesgo de ganar o perder ante el filme original, suma atracción a esta maniática forma de retratar, pero implica para el fotógrafo un rigor exhaustivo a la hora de discriminar resultados. Cada foto suya asciende más, cuanto más pervierte el cine y rompe en extremo lo visual precedente, añadiendo una cosmovisión muy personal, o cuando sobrepasa creativamente los errores y virtudes del arte que se proyecta sobre la pantalla a 24 fotogramas por segundo. |
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