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04/10/2002
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Festival Nacional de Teatro, Camagüey 2002

Un festival que ríe

AMADO DEL PINO

En su momento de plenitud, el noveno Festival Nacional de Teatro, Camagüey 2002, ha recibido la siempre deseable visita de la risa. Desde Matanzas llegó Teatro de Las Estaciones con Pelusín y los pájaros, de nuestra clásica Dora Alonso. El títere nacional brilla aquí en una puesta en escena de Rubén Darío Salazar repleta de colorido y musicalidad. Los diseños de Zenén Calero vuelven a combinar desenfado y virtuosismo. Frente a este Pelusín tan simpático no pude dejar de desear para nuestro teatro para adultos ese nivel de juego profundo, de candor bien pensado.

Migdalia Seguí y Farah Madrigal se destacan por una manipulación que va más allá de la exactitud. Los títeres en sus manos improvisan, fantasean, palpitan. La música de Reynaldo Montalvo y la coreografía de Lilian Padrón completan esta fiesta de los sentidos y de la imaginación.

También habría que utilizar la palabra regocijo para referirse al singular montaje de La cucarachita Martina y el ratoncito Pérez, a cargo del grupo capitalino Pálpito. Ariel Bouza logra sacar el máximo de teatralidad a un retablo pequeño, que ratifica el poderío de lo convencional sobre las tablas. Partiendo de la versión de nuestro gran dramaturgo Abelardo Estorino, Bouza enfatiza los elementos de teatro popular y, sin perder de vista a los niños, ofrece guiños de buen gusto sobre la actualidad. Formidable resulta la manipulación y animación del muy joven Maikel Chávez.

El más evidente acontecimiento de público de este Festival —que sigue caracterizándose por las salas repletas— ha sido La divina moneda, del Centro Promotor del Humor, puesta en escena de Osvaldo Doimeadiós. La divina... resulta voluntariamente procaz sin llegar a la grosería, popular sin adentrarse en el populismo, crítica sin amargura. Lástima que la dramaturgia, en la segunda media hora, se torne un tanto redundante, pues los elementos sorpresivos y más risibles se han gastado en la delirante arrancada de la obra. Parodia, ritmos cubanos y convincentes imágenes conviven dentro de una imaginativa escenografía del artista plástico Ramón Casas. Es este espectáculo una muestra de que el humor teatral deber ser mucho más que una sucesión de chistes más o menos felices.

Desde el punto de vista de la interpretación, Xiomara Palacios derrocha aquí dominio del espacio escénico, carisma, dominio de las transiciones. A este comentarista le emocionó especialmente el momento en que la veterana titiritera se ubica fugazmente detrás de un improvisado y bien resuelto retablo, como invitando a una variante artística en la que su nombre resulta imprescindible. Doime se ratifica como sólido comediante, sobre todo cuando asume la contrastante Peseta.

04/10/2002

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