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02/10/2002
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Una página borrada para siempre

Las elecciones del 58

JUAN MARRERO

Borrada pero no olvidada es la página de las últimas elecciones —o mucho más apropiado sería llamarla farsa electoral— efectuadas en Cuba bajo el capitalismo. En momentos de auge de la lucha insurreccional, Fulgencio Batista se obstinó en efectuar el 3 de noviembre de 1958 elecciones generales. "Como no podrá evitarse que salga y se ponga el Sol, nadie podrá impedir la celebración de esos comicios", dijo el dictador a la prensa.

Los candidatos presidenciales a esa farsa fueron Andrés Rivero Agüero, del partido oficial (Acción Unitaria) y amigo íntimo del dictador; Ramón Grau San Martín, del Partido Auténtico, y Carlos Márquez Sterling, del Partido del Pueblo Libre, estos dos últimos enrolados en el espectáculo circense con la esperanza o la ingenuidad de que Batista estaba obligado a realizar unas elecciones limpias para con ello impedir la victoria inminente de las fuerzas revolucionarias, cuyas columnas se consolidaban en distintos frentes de la antigua provincia de Oriente y avanzaban por territorio camagüeyano rumbo al centro del país.

Desde la Sierra Maestra, Fidel Castro expresó a un periodista del diario The Washington Post: "No veo cómo Batista podrá celebrar elecciones ni impedir a la larga el triunfo rebelde".

El resultado de esas elecciones estaba previsto. ¿Qué transparencia podía esperarse de esos comicios en medio de la vigencia de una férrea censura de prensa o de ausencia absoluta de respeto a los derechos de los ciudadanos a reunirse o asociarse? Las coacciones, la campaña de propaganda y los recursos invertidos indicaban a las claras, desde semanas antes del 3 de noviembre, que Rivero Agüero iba a ser el próximo presidente. Una revista norteamericana reveló entonces que "fuentes gubernamentales aseguran que electo Rivero Agüero, Batista, lejos de retirarse a la vida privada o marcharse de Cuba, será nombrado teniente general jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas... continuaría controlando todo el poder militar de la Isla". Nada, en fin, iba a cambiar con esas elecciones.

Llegó el día de las elecciones. "Nunca se había visto en La Habana menos entusiasmo en día de elecciones —escribió entonces la revista norteamericana Visión. Los pocos ciudadanos que votaron no tuvieron que sufrir, como otras veces, las largas esperas frente a los colegios. Unos por temor, y otros por conciencia del retraimiento, permanecieron en sus hogares el día de las elecciones".

Y añadía la revista: "En algunos lugares solo votó el 15% del electorado... En Santiago de Cuba tenían que funcionar 235 colegios electorales en igual número de edificios. Solo se necesitaron 20 locales. Las noticias electorales de las regiones rurales del país son muy escasas, salvo las que ha brindado el Estado Mayor del Ejército. Pero hay un hecho muy significativo: el Tribunal Superior Electoral acordó que los colegios rurales y mixtos fueran situados en las áreas urbanas... Quiere decir que el elector campesino tenía que abandonar sus labores en los montes y en las fincas para ir a la ciudad expresamente a votar. Era patente la imposibilidad material de celebrar elecciones en muchas poblaciones de las provincias de Oriente, Camagüey, Las Villas y Pinar del Río".

En la víspera de las elecciones, el Consejo de Ministros, reunido en Palacio bajo la presidencia de Batista, había recordado al pueblo la obligatoriedad del voto y la incapacidad del que no ejercite ese derecho para ocupar cargo público alguno durante dos años. Ni esa amenaza hizo que la gente acudiese a los colegios.

Como era de esperar, las cifras de votantes fueron adulteradas. Miles y miles de cédulas cuyos dueños no fueron a recogerlas en las juntas municipales electorales, fueron introducidas en bloque en las urnas, con boletas marcadas a favor de Rivero Agüero, por supuesto.

Al concluir la jornada, el doctor Gonzalo Güell, entonces primer ministro y ministro del Exterior de la dictadura, declaró a la prensa: "El gobierno ha celebrado elecciones inobjetables. La ciudadanía tuvo todas las garantías para emitir su voto y acudió a manera mayoritaria a las urnas".

Como era de esperar, Rivero Agüero fue proclamado vencedor. Grau San Martín comentó "No sé de dónde el gobierno ha sacado tantos votos. Todo ha sido una farsa". El 24 de febrero de 1959 se señaló como el día del cambio de poderes. Pero ni Batista ni nadie pudieron impedir el triunfo rebelde. Cuarenta y cinco días antes, Batista y Rivero Agüero abandonaban Palacio y el país. El pueblo se convirtió, por vez primera en su historia, en poder. Y elecciones sucias y manipuladas como las de noviembre de 1958 fueron enterradas para siempre. El pluralismo partidista, las ruidosas campañas electorales, los insultos y ataques públicos entre los candidatos, las falsas promesas, miles de muertos ejerciendo el derecho al sufragio, el chantaje y el soborno de los sargentos políticos, el fraude, el ejército y la policía "custodiando" los colegios y hasta el robo de urnas, todo eso quedó borrado para siempre. Desaparecido, no olvidado.

02/10/2002

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