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Ciclones tropicales El Caribe presenta credenciales Orfilio Peláez La formación del huracán Isidore en el Mar Caribe parece confirmar la advertencia hecha por los doctores José Rubiera y Maritza Ballester en el resumen de la temporada ciclónica del 2001: la región se halla en una nueva era de alta frecuencia en lo referido al surgimiento de ciclones tropicales.
Y es que tras casi tres décadas de "calma meteorológica", a partir de 1996 el Caribe volvió a presentar sus cartas credenciales de antaño como la zona de mayor peligro potencial para el azote de estos destructivos fenómenos naturales a Cuba, con el nacimiento y posterior cruce del huracán Lili, seguido apenas dos años después por la tormenta tropical Irene, ambos en el mes de octubre. A lo anterior habría que añadir otro elemento interesante. De manera consecutiva en los últimos cuatro años se originaron en aguas caribeñas cinco huracanes intensos. Ellos fueron el tristemente célebre Mitch, en 1998; Lenny y Katrina, en el 99; Keith, en el 2000, y Michelle, en el 2001. Por cierto, Michelle fue el primer huracán con esa categoría en azotar a nuestro país desde que lo hiciera el Fox el 24 de octubre de 1952, el cual produjo una racha máxima de viento de 280 kilómetros por hora en Cayo Guano del Este, al sur de Cienfuegos, y constituye la más fuerte registrada hasta ahora en Cuba al paso de un huracán. El despertar del Caribe coincide también con un aumento de la actividad ciclónica en el resto de nuestra área geográfica, comprendida además por el Golfo de México y el Atlántico. Baste decir que en una temporada se forman como promedio 10 organismos tropicales con nombre, y desde 1995 a la fecha, con la única excepción de la del 97, todas han estado muy por encima de esa cifra. Sobre esta particularidad, los científicos no tienen suficientes elementos de peso para confirmar que la tendencia al calentamiento global de la atmósfera puede ser la causa de este renacer de los hijos del dios Eolo, pero sí han podido constatar la influencia de otros eventos como el ENOS (El Niño/ Oscilación del Sur). Un estudio realizado por especialistas del Centro Nacional del Clima del Instituto de Meteorología, corroboró que ENOS es un importante factor modulador de la actividad ciclónica en el Atlántico, pues cuando está presente el número de organismos disminuye, y al desaparecer, vuelve de nuevo a ser igual o superior a la media anual. Tampoco debe olvidarse que de manera natural siempre han existido períodos cíclicos de mayor o menor cantidad de ciclones tropicales. Así por ejemplo, entre 1906 y 1952 la frecuencia de ciclones fue muy alta, e incluso, el promedio de azote a Cuba en el caso de huracanes intensos fue de uno cada 3,35 años. Por el contrario, desde finales de los sesenta hasta casi la mitad de los noventa hubo una etapa de relativa calma, que terminó en el quinquenio 1995-1999, considerado el más activo desde 1886, con 41 huracanes. Los ciclones tropicales se definen como un centro de bajas presiones alrededor del cual los vientos, junto a nubes de tormenta y lluvia, giran en sentido contrario a las manecillas del reloj en el hemisferio Norte. Suelen tener una extensa zona de influencia que puede alcanzar en determinados casos un diámetro de hasta 800 kilómetros. De manera general se forman en el mar y para ello requieren, entre otras condiciones, que la temperatura del agua sea superior a los 26,5 grados Celsius y los vientos en la atmósfera sean favorables a su desarrollo. Pueden originarse en el seno de una fuerte onda tropical (así sucedió con Isidore), en la porción sur de un frente frío —sobre todo en los meses de octubre y noviembre—, en la zona de interacción de un frente frío con una onda tropical, o a partir de diferentes tipos de agrupaciones nubosas de gran desarrollo vertical, es decir, nubes que alcanzan varios kilómetros de altura. Los factores peligrosos de un ciclón tropical lo conforman la llamada marea de tormenta o surgencia (consiste en una abrupta subida del nivel del mar que se produce en la costa al penetrar el centro del huracán en tierra), las lluvias intensas con acumulados que pueden sobrepasar los 500 milímetros en 24 horas, y la fuerza de los vientos, sobre todo en los huracanes de categoría 4 y 5, por encima de los 210 kilómetros por hora. Para seguir la pista de cualquier organismo tropical, en Cuba se aplican varios modelos de pronósticos, tanto foráneos como los diseñados por los propios especialistas del Instituto de Meteorología, además de utilizar los datos ofrecidos por las imágenes del satélite, la red nacional de radares meteorológicos (actualmente en fase de automatización), las estaciones de superficie distribuidas a lo largo y ancho del país, los barcos y otros medios. A la tecnología se suman el olfato y la capacidad de análisis de los meteorólogos, para poder interpretar con la mayor certeza posible los procesos físicos que ocurren alrededor de un huracán y emitir los pronósticos de trayectoria, tan decisivos en el trabajo preventivo de la Defensa Civil. El siguiente aporte de una investigación rea-lizada por expertos del Centro Nacional del Clima sirve para ilustrar la bien justificada fama ciclónica del Caribe: De 1799 al 2000 un total de 24 huracanes de gran intensidad azotaron a Cuba y en el caso de los 21 que se les pudo identificar la zona de origen, 13 lo hicieron en el Caribe, entre ellos los célebres casos del 20 de octubre de 1926 y 18 de octubre de 1944, los cuales castigaron con toda su fuerza a la capital. |
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