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Enumerador de altura Ramón Barreras Ferrán
Rosendo y su familia siempre han vivido allí. Por la lejanía y lo intrincado del lugar no reciben visitas con frecuencia. "La doctora de la familia viene a cada rato y algún amigo que ande por esta zona recogiendo café o detrás de una bestia perdida". Sin embargo, ayer llegó un joven hasta ese momento desconocido para ellos, con una mochila al hombro. Saludó cortésmente y pidió —"por favor"— un vaso con agua. "Esa lomita se las trae", dijo con evidente falta de aire. La esposa de Rosendo, mujer atenta y servicial como todos los que viven en la serranía, trajo también un buche de café acabado de colar. "Yo soy el enumerador del Censo de Población y Viviendas", dijo de nuevo el joven, mientras de su mochila sacaba una tarjeta de identificación. "Lo estábamos esperando..., ya nos habían dicho que usted venía en cualquier momento", señaló Rosendo. El muchacho sacó una planilla y un bolígrafo de la mochila y comenzó a preguntar. Poco a poco Rosendo y su mujer fueron respondiendo cada interrogante con seguridad. Nada quedó sin respuesta. El enumerador les agradeció la gentileza y se puso de pie. "Todavía me quedan varias viviendas en esta zona y tengo que caminar bastante", dijo. "Espere
un momento", apuntó Rosendo mientras levantaba el brazo con la palma de
la mano hacia arriba. "Le vamos a dar otro buchito de café". El joven le
agradeció de nuevo las atenciones y volvió a coger el trillo para llegar
a otra casa un poco más abajo.
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