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05/09/2002
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A 45 años del alzamiento del 5 de Septiembre

Gloriosa epopeya que el pueblo no olvida

Julio Camacho Aguilera, uno de los protagonistas de aquella heroica gesta, recuerda esa patriótica acción popular. Con mucha justicia Fidel ha dicho que los cienfuegueros nunca le han fallado a la Revolución

FÉLIX LÓPEZ

Jacobo Díaz nunca existió, pero era uno de los hombres más buscados por los cuerpos represivos de la tiranía. Con ese seudónimo se movió desde Santiago de Cuba a cualquier parte de la Isla. Habían logrado de él un retrato hablado perfecto, y nadie lo encontraba. Le sobraba habilidad para escurrírseles entre las manos. Y se llevó tan bien con la vida clandestina que llegó a parecerle pasajera, sin ponderar sus privaciones y peligros.

Julio Camacho Aguilera, que es su verdadero nombre, es tal vez uno de los miembros del Movimiento 26 de Julio que más misiones arriesgadas cumplió en el llano, mientras los rebeldes se las jugaban todas en la Sierra Maestra. Basta decir que fue hombre de confianza de Frank País. Y a tal punto que un día inesperado, cuando ya estaba listo para subir a las lomas, lo nombró Jefe de Acción del M-26-7 en la antigua provincia de Las Villas.

Allí llegó en los primeros días de agosto de 1957. Pocos imaginaron entonces que aquel muchacho llegado de Oriente traía en las venas la sangre mambisa del abuelo Aguilera, capitán en la tropa de Calixto García; y las ideas del tío Mariano, uno de los fundadores del Partido Comunista. Lo acompañaba, además, una visión renovadora de la vida, aprehendida allá en Ermita, central rodeado por el Realengo 18 y El Vínculo, tierra de luchadores.

Camacho Aguilera debía cumplir una importante misión en breve tiempo. Sin saberlo, estaba parado en una esquina de la Historia que lo llevaría a uno de los acontecimientos más importantes de la lucha revolucionaria: el alzamiento del 5 de Septiembre. Cuarenta y cinco años después, vuelve a desempolvar los recuerdos y cuenta a Granma sobre la heroicidad del pueblo cienfueguero y el significado de aquella acción armada.

EN BUSCA DE UN SEGUNDO FRENTE

¿Qué circunstancias hacen que Frank País lo envíe a Las Villas y no a la Sierra como usted estaba esperando?

Después del 30 de noviembre no me quedó otra alternativa que alzarme en la zona del central Ermita, entre Guantánamo y Santiago de Cuba, donde comenzamos a organizar una guerrillita, que se desactivó el día en que Frank decidió que enviaríamos las armas a la Sierra Maestra. Para convencerme me dijo que "mientras existiera el grupo de Fidel habría esperanzas de Revolución". Además de estar de acuerdo en lo de las armas, le entregué la mitad de los hombres.

Foto: ARNALDO SANTOSJulio Camacho Aguilera junto 
a Sonia, la nieta que heredó el
nombre de guerra de la abuela Gina.

A finales de abril llegó otro mensaje de Frank. Debía presentarme en Santiago de Cuba... Ya andábamos en los preparativos para subir a las montañas al segundo grupo de refuerzo, cuando se produce en Cienfuegos la detención de 35 miembros del M-26-7, en un primer intento de sublevación que no tiene éxito. Caen presos numerosos jefes en Las Villas, y la dirección del Movimiento me confía allí una importante misión, a la que me incorporo acompañado de mi esposa Gina.

En Cienfuegos, a pesar de lo ocurrido, se había salvado la cédula del M-26-7 dentro de la Base de Cayo Loco, segundo Distrito Naval de importancia en el país. Frank estaba convencido de que con las armas que se tomaran allí y en otros cuartelitos de la provincia, se abriría un segundo frente guerrillero en el Escambray, y eso aliviaría la presión que el ejército de Batista ejercía sobre la Sierra Maestra.

¿Es cierto que en los días previos al alzamiento de Cienfuegos se produce otra propuesta armada?

La acción de Cienfuegos ya era algo aprobado por la Dirección Nacional del M-26-7, pero el 2 de septiembre me visitó en Santa Clara el hoy general de división (r) Guillermo Rodríguez del Pozo, para informarme de una conspiración nacional de la Marina de Guerra y otras fuerzas del Ejército de la tiranía. Nosotros, que estábamos organizando lo de Cayo Loco, ignorábamos aquello, y en un inicio no estuve de acuerdo.

La participación en un plan así solo me podía llegar por orden de René Ramos Latour (quien sustituyó a Frank en Santiago de Cuba) o de Faustino Pérez, en La Habana. Me fui a ver al más cerca. Faustino me puso al tanto de la conspiración y explicó que aquello significaría la liquidación de Batista. La lógica indicaba que de triunfar no tenía sentido abrir un frente guerrillero en el Escambray.

Ellos, me siguió contando Faustino, se comprometían a entregar el poder al M-26-7, con Fidel al frente, y reconocerían al Ejército Rebelde como las legítimas Fuerzas Armadas. Estuve de acuerdo, incluso a trasladar a Cienfuegos a uno de los militares que planeaban aquella conspiración. Resultó ser Dionisio San Román, un capitán de la Marina que era bien conocido por los militares del Distrito Naval.

Al llegar a Colón nos separamos. Dionisio siguió por el Circuito Sur y yo alquilé un carro para Santa Clara. Me esperaban los compañeros de la dirección en la provincia: les informé todo, y tan pronto salieron a cumplir sus misiones arranqué para Cienfuegos en un Dodge del 56 que Frank me había mandado antes de su muerte.

En casa de Alejandro, un militante del M-26-7 que vivía en el reparto Buena Vista, me reuní con San Román y el resto de los compañeros que preparaban la acción. Teníamos un nivel de organización tan elevado que en pocas horas la gente se movilizó.

¿Cuál es el motivo de que al producirse el alzamiento las fuerzas revolucionarias se quedan a combatir en la ciudad y no van a las montañas con las armas?

La toma del Distrito Naval se produce sin contratiempos. De eso ya se ha dicho bastante. Había apoyo mayoritario entre la marinería. Con el coronel Comesañas preso, San Román le explicó a la tropa que aquella acción se realizaba bajo la dirección del M-26-7. Y planteó que todo el que se sumara lo hacía bajo las órdenes de Fidel.

Lo difícil fue cuando los telegrafistas nos comunican que no hay acciones en la capital y en los demás lugares previstos; y que se están movilizando tropas de refuerzo para enviar a Cienfuegos. En ese momento le digo a San Román que lo más sensato es cumplir el viejo plan: irnos al Escambray. Yo era un guerrillero, pero estaba hablando con un oficial de la Marina, que no había estado jamás en la clandestinidad y no sabía de los rigores que eso implica...

En la ciudad se armaba al pueblo y los marinos daban instrucciones sobre cómo usarlas. La aviación ya nos estaba ametrallando y la gente seguía pidiendo armas. El pueblo estaba en la calle.

Ya estaba preso el jefe del Ejército, se habían tomado la policía nacional y la marítima... La reacción que esperaba San Román en sus compañeros de conspiración seguía sin producirse. Sobre Cienfuegos avanzaron los regimientos de Santa Clara, Matanzas, el 10 de Marzo (desde La Habana) y una compañía de Camagüey.

Aquello se fue convirtiendo en una ratonera, pero San Román decía que era imposible llegar al Escambray, que la aviación no lo permitiría. En esa discusión yo acepto resistir. La lucha posterior probó que la aviación no nos podía impedir el avance a las montañas, pero no teníamos entonces esa experiencia y mucho menos dominio del terreno.

¿Cómo explica el desenlace final del alzamiento y la desaparición de San Román del escenario de batalla?

Con el paso de las horas nos quedamos embotellados en la ciudad, pero a consecuencia de la fe ciega que San Román tuvo en sus compañeros. Yo creo que se sentía un hombre traicionado. Recuerdo que al salir de la enfermería, adonde tuve que acudir de urgencia, no veo al Cañonero 101, donde teníamos la segunda ametralladora 50 con que contábamos, y pregunto por San Román. Me dicen, que salió en el cañonero a hacer contacto con una fragata, y que no aceptó llevar con él a un grupo de los nuestros. Sacó del calabozo al capitán del cañonero... Yo consideré que aquello era un disparate. Y mandé a que le comunicaran que tenía que virar. Pero fue inútil el intento de los telegrafistas. No respondían desde el barco. Ya no lo vi más.

Mientras tanto el pueblo y los marinos resistían heroicamente. Combatían contra más de 1 100 soldados, apoyados por la aviación y la artillería. En el centro de la ciudad, el teniente Dimas Martínez había consolidado sus posiciones, pero la tiranía seguía cercándonos. Saliendo del Distrito, encontramos un jeep donde venía Serafín Ruiz de Zárate, que era el jefe de la Cruz Roja, y andaba por todos lados, salvando a mucha gente. Nos advirtió que de avanzar dos cuadras más seríamos hombres muertos.

Decidí salir con un grupo de hombres y desembarcar por Trinidad, donde teníamos a Bienvenido Núñez al frente de una cédula del M-26-7. Lo hicimos en el barco de Benítez, un hombre de confianza, pero aquello no tenía condiciones. Nos acercamos a un cayo para coger otro barco más fuerte y nos encontramos que el motor estaba desarmado en piezas. No nos quedó otra solución que volver a Cienfuegos y ocultarnos en la pescadería de los Villalonga. Ya era de noche y comenzaban a apagarse los disparos en el colegio San Lorenzo, donde Dimas y sus hombres aún resistían.

Después supimos que a San Román lo habían asesinado. Recuerdo que en algún momento del combate me dijo que él sabía que yo no era Jacobo Díaz (mi nombre de combate en la clandestinidad), sino Julio Camacho Aguilera... Por aquellos días me habían ascendido a Comandante, y yo estaba allí con mi uniforme verde olivo, y mi brazalete... Cómo supo mi verdadera identidad no sé, pero después confirmamos que mientras estuvo prisionero y lo torturaron no delató a ningún combatiente del M-26-7.

¿Qué conclusiones sacó usted después del alzamiento?

No podemos calificar de fracaso un alzamiento que movilizó a todo un pueblo y demostró que no era solo en la Sierra Maestra donde se combatía. Con mucha justicia Fidel ha dicho que los cienfuegueros nunca le han fallado a la Revolución.

Camacho, ¿cómo hizo para que su esposa Gina Rey no lo acompañara al alzamiento de Cienfuegos...?

Andamos juntos desde que ella tenía 16 años, después de un tiempo de amigos y dos años de novios nos casamos. Y desde entonces compartimos todas las batallas. Antes del 5 de Septiembre la mandé con un mensaje a Santiago de Cuba, para alejarla del peligro que se avecinaba. Siempre me preocupó mucho que ella perdiera la vida, sobre todo después que ya teníamos cuatro hijos.

Es una mujer excepcional y muy valiente. Visto en el tiempo puedo decir que ha sido un privilegio contar con su compañía. Y no hablo en pasado, porque Gina me sigue todavía...

¿Y ahora también, en las nuevas tareas que enfrenta?

Siempre tuve un gran sueño: el de ayudar al desarrollo de la Península de Guanahacabibes, en el extremo más occidental de Pinar del Río y de Cuba. Allí están dadas todas las condiciones para construir un polo turístico de excelencia, con 22 playas y valores naturales de todo tipo. Ese paraíso ecológico hay que protegerlo. Le pregunté a Fidel que si me dejaba luchar con eso. Lo pensó un poco, pero después me autorizó. Y desde entonces le dedico la vida.

Es un lugar de tránsito marítimo por excelencia, y cuando hay mal tiempo los yates entran a los Cayos de La Leña —una suerte de dársena natural— y se refugian. Nosotros podemos dar servicios de agua, combustible, alimentos... Ya comenzamos a construir un muelle, la carretera avanza y también otros proyectos... Lo que cambia es la forma, pero la lucha no termina nunca. Y allí está también Gina.

05/09/2002

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