![]() |
|
La lucha contra el terrorismo Entre la necesidad y el hegemonismo ORLANDO ORAMAS LEÓN
El día ya estaba registrado en la historia. El sangriento derrocamiento del gobierno de Salvador Allende en Chile, con la activa participación de la CIA y otras dependencias oficiales norteamericanas, marcaría para siempre la fecha como una efeméride luctuosa.
Lamentablemente, 28 años después, actos terroristas llevarían el dolor y el luto al corazón del imperio. No escapó al ataque ni el edificio del Pentágono que, por razones obvias, es, de seguro, uno de los sitios más resguardados del planeta. El secuestro de aeronaves comerciales y su utilización como bombas volantes fue considerado por no pocos analistas como algo novedoso e imprevisto. Pero la historia de los secuestros de aviones había comenzado más de 40 años atrás. Entonces en los aeropuertos del Sur de la Florida recibían cual héroes a criminales de origen cubano, quienes a punta de pistola y sangre llevaron a Estados Unidos aviones civiles de la Isla. TERROR VS. TERROR Bajo el impacto que estremeció al pueblo estadounidense tras los ataques del 11 de septiembre, la administración de George W. Bush lanzó su cruzada contra el terrorismo y sentenció: "Quien no está con Estados Unidos está contra nosotros". En la cita está latente la amenaza de la mayor potencia del planeta, cuyo poderío le permite extender la guerra al espacio, mientras en la Tierra estrena armas de exterminio de nueva generación. El pueblo afgano lo sufrió en carne propia. "Es solo el principio...", siempre en el lenguaje de Bush. En pocas palabras el Presidente graficó la doctrina de seguridad con que pretende imponer el liderazgo de Washington y la subordinación de todo el concierto internacional. La Casa Blanca preconiza un futuro de guerras, cuando el propio mandatario dice a los cadetes de West Point que deben estar listos "para atacar en cualquier oscuro rincón del mundo", y luego agrega que ese recóndito paraje puede estar "en 60 países o más", casi un tercio de los estados miembros de las Naciones Unidas. Seguridad nacional y lucha contra el terrorismo se combinan cual pretextos para que la administración republicana se alce en el Congreso con el mayor presupuesto bélico de la historia, mientras anuncia aprestos de guerra para atacar a terceros países y crea un clima internacional de incertidumbre y zozobra con implicaciones económicas, incluso en el precio del petróleo. DÉCADAS DE TERRORISMO CONTRA CUBA Si para los estadounidenses la alerta sonó con los atentados del 11 se septiembre, en Cuba comenzó desde los primeros días del triunfo de la Revolución. Dos meses después, en marzo del 60, ya el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca debatía planes de desestabilización, incluida la formación de bandas y grupos de sabotaje. Varias generaciones de cubanos han sufrido en carne propia los actos criminales financiados y organizados desde Estados Unidos. Hasta 1999, cuando un tribunal habanero condenó al gobierno norteamericano a pagar 181 100 millones de dólares por daños humanos, 3 478 compatriotas habían muerto por atentados y actividades terroristas. Otros 2 099 llevan consigo las secuelas físicas de tales hechos, y no pocos de ellos cargan terribles secuelas. Solo durante la Operación Mangosta, otra obra de la CIA, los servicios de Seguridad de la Isla registraron 40 infiltraciones desde territorio estadounidense para ejecutar atentados y ataques. Entre 1962 y 1963 tuvieron lugar más de 600 actos terroristas contra objetivos económicos importantes. No en balde organizaciones cubanas se unieron en la demanda a Estados Unidos por daños económicos a nuestro país, que el Tribunal Provincial de La Habana situó en los 121 000 millones de dólares. Durante la referida Operación Mangosta, especie de revancha tras la Crisis de Octubre, los mercenarios a sueldo de la CIA, enrolados en bandas armadas, asesinaron a 82 civiles inocentes e incendiarion 30 viviendas y 41 escuelas, convertidas en objetivos militares del terrorismo anticubano. CRIMEN SIN CASTIGO Alguien pudiera argumentar que son cosas del pasado. Pero la década de los 90 vio incrementar el grado de peligrosidad del accionar de las agrupaciones contrarrevolucionarias que, bajo el paraguas de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), persisten en sus métodos de muerte para atacar a Cuba. Para ello cuentan con la licencia que les ha otorgado la justicia norteamericana. No importa que tales agrupaciones del terror utilicen medios de prensa de Miami para divulgar sus "heroicas" incursiones contra la mayor de las Antillas. En los 90 tuvieron lugar desde numerosas infiltraciones armadas, hasta planes para dinamitar hoteles, refinerías, el sistema eléctrico, e incluso el cabaret Tropicana, en pleno show. La propia evidencia de la fortaleza de la Revolución Cubana, a despecho del desmoronamiento del campo socialista y la desintegración de la URSS, desató la rabia de los mismos que en Miami persisten en atentar contra la vida del Presidente Fidel Castro. No fue sorpresa que un jurado federal dejara sin castigo a los implicados en el intento de atentar contra la vida de Fidel durante la VII Cumbre Iberoamericana, en la isla venezonala de Margarita. Para enfrentar el terrorismo que nos llega desde la Florida, Cuba ha estado obligada a mantener en alto un sistema de vigilancia en el que participan desde los Órganos de Seguridad y las Fuerzas Armadas, hasta la población, principal víctima del terror que atraviesa el Estrecho de la Florida. Cuba se ha visto en la imperiosa necesidad de observar de cerca a las agresivas agrupaciones contrarrevolucionarias que, en Estados Unidos, y con toda libertad, utilizan renovados recursos y sofisticados medios técnicos y explosivos para su accionar terrorista. Los cubanos no podemos olvidar la ola de ataques con explosivo C-4, de los arsenales militares norteamericanos, que azotaron instalaciones turísticas de Ciudad de La Habana, en criminal intento que costó la vida a un joven italiano y heridas a otras personas. Detrás de tales atentados estaba el dinero de la FNCA y la mano criminal de Luis Posada Carriles, el terrorista que entraba y salía de territorio estadounidense cuando ya era considerado uno de los criminales más peligrosos del hemisferio occidental. Hombre de la CIA contra Cuba y en la guerra sucia en Centroamérica, Posada Carriles no lanzó aeronaves contra el World Trade Center o el Pentágono. Pero sí hizo explotar en pleno vuelo un avión de Cubana de Aviación, en octubre de 1976. Cubanos, guyaneses y coreanos perdieron la vida en aquel cobarde e inhumano atentado. Resulta una burla a la justicia que el criminal y sus compinches, detenidos en Panamá, no hayan sido procesados, gracias a las presiones de la contrarrevolución y de medios políticos de Estados Unidos. Mayor aún es la vejación a los valores del pueblo de Abraham Lincoln, que cinco jóvenes cubanos guarden prisión en cárceles de Estados Unidos, cumpliendo largas e injustas penas aplicadas por un tribunal de Miami, allí donde los jueces exoneraron a connotados terroristas y avalaron el secuestro del niño Elián. Si para Cuba ha sido un imperativo de sobrevivencia dedicar ingentes esfuerzos para prevenir y combatir el terrorismo, para Washington la proclamada cruzada resulta, además de ciega revancha, una táctica geopolítica de dominación. Son raseros diferentes, para un problema real. |
|