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El puente querido de la palabra AMADO DEL PINO Para este crítico el nombre de Carlos Gorostiza hace recordar los casi lejanos años estudiantiles. En el Instituto Superior de Arte aprendimos que este autor argentino—con el cubano Piñera y el mexicano Usigli, entre otros— significó un momento de crecimiento y de agudeza dentro de la escena latinoamericana. A partir del estreno de El puente, aquella obra emblemática de 1949, la actividad creadora de Gorostiza incluye la narrativa, varios desempeños como actor y hasta la dirección de escena. Ahora la compañía Hubert de Blanck presenta Los hermanos queridos, un título de 1978, en el que el autor vuelve a ser esencialmente fiel al realismo y se hace evidente un primoroso sistema de diálogos. A partir de la metáfora de un encuentro familiar que se producirá de forma simultánea y oblicua, los personajes debaten todo el tiempo sin gran complejidad ni riqueza desde el punto de vista del juego escénico. Si nos vamos a las definiciones al uso del texto dramático, estamos ante una pieza—ese género tan caro a los autores realistas del siglo recién pasado— en el que las transformaciones que se producen entre el principio y el final de la obra suelen ser interiores y sentimentales. Con esa base textual, el experimentado teatrista Luis Brunet ha elaborado un espectáculo fluido, ameno y fiel al espíritu de crítica social y familiar esencial en Gorostiza. El ámbito escenográfico propone un costumbrismo estilizado que tiene como principal atractivo la eficacia con que se resuelve la acción simultánea. El maestro Arrocha no teme a la ahora desacostumbrada presencia de los objetos reales sobre las tablas y los maneja con sobriedad y buen gusto. Lo que entorpece un tanto el discurso espectacular es la presencia, al principio y al final, de unos figurantes-utileros sin suficiente justificación escénica. La banda sonora, a cargo de Jorge García Porrúa, resulta eficaz y acentúa las, a ratos agónicas, contradicciones de los personajes. También de forma orgánica funciona la iluminación, aunque esperaba un diseño más incisivo y detallado, sobre todo al estar firmado por Saskia Cruz, toda una virtuosa en el mundo de las luces y las sombras. Todas las demás cartas del éxito debió jugárselas Brunet a la efectividad de su elenco. Othon Blanco aporta ritmo y fuerza al contrapunteo afectivo, aunque "regala" muy rápido las consecuencias de su amarga borrachera. A su lado, Nieves Riovalles y René de la Cruz (hijo) resultan más bien como contraparte de la frustración del hermano protagonista. Nieves usa, y por momentos abusa de la contención, mientras Renecito alcanza momentos de profunda veracidad , junto con otros en que la timidez del personaje puede confundirse con escasa interiorización. Pedro Díaz Ramos— quien defiende al hermano mayor— logra una convincente imagen externa de su personaje, pero apresura varios parlamentos y se tornan mecánicas muchas de sus transiciones. Amada Morado vuelve a demostrar su exacto decir y la pulcritud de la cadena de acciones, a pesar de que pudo matizar más los momentos de mayor emotividad de su personaje. Por su parte la joven Mayelín Barquinero derrocha energía y temperamento, pero deberá cuidarse de que su gestualidad no desborde los límites del personaje. Debe agradecerse a Brunet este regreso de un autor esencial como Gorostiza y a la sala Hubert de Blanck su vocación de mantener una cartelera variada donde abundan títulos cubanos y latinoamericanos. |
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