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Payasadas LEYLA LEYVA
¡Ah, payasos de hace veinte años, cuánto los quise y cuánto no! Fieles en la costumbre de los domingos del Circo en TV, ninguno en fiestas personales. Ahora la gente tiene mejor fortuna —bueno, si en realidad la tiene—, sin que se esfuerce demasiado, usted pone el tacón en el asfalto, suena solo una vez y saltan dos o tres a domicilio, que además de hacer payasadas, pintan, realizan magia, arreglan el local y hasta se encargan de traer el pastel para la foto del recuerdo. (Por lo menos eso promocionan). Todo por un precio de estrellas, alto, esplendente. Conozco pocas personas que ventilen el asunto de la retribución monetaria en estos casos, de la misma manera que van al mercado en busca del pertrecho de la semana y se enfrentan a la ley de la oferta y la demanda agropecuaria. Debe ser que la situación pasa por un muy delicado hilo de la subjetividad humana y el sentimentalismo trastrocado. En fin, que un niño, ¡hay, un niño!, merece la gloria del mundo, y un poquito más. Además, dada la utilidad de la alegría que se le proporciona. Esa vibración siempre nueva en la expresión de un hijo cuando los padres le miran sin que él los vea, y que generalmente descubre una zona diferente del amor obseso en sus matices renovados, aunque finjamos no creer en ello. Hace poco me enamoré de un par de artistas de estos, no sé si de circo, pero no comunes. Mejor dicho, me encanté con la voz y la presencia de una payasa que recordaba a una Betty Boop decorosa calzando zapatos intergalácticos. Ella ha sido desde entonces mi imagen de sosiego-desasosiego en este nada evanescente episodio de acoso espiritual. Pero no vale la pena tener demasiada imaginación. El negocio es el negocio y en el transcurso de la tarde, la pareja dejó de ser una presunción de sueños. La mujer se plegó al paso arrollador, ansioso, de su compañero, apremiado por cumplir otro horario de espectáculo infantil. Cálculo y banalidad echaron por tierra el presunto guión del bufón, el mago y el bombín, y a poco más de los cuarenta minutos, el espectáculo había ejecutado su rutina de escasa distracción y talento. Aquella "Betty", ayudaba a repartir el bufé, mientras él se apresuraba a alcanzar los otros 800 pesos por venir: tarifa pactada con los responsables de la celebración, e imagino, que por ese orden andaría la próxima fiesta. Total, que no hubo encantamiento, solo el que mi cabeza creía. Y una cabeza no debe tener más pájaros de los convenientes. Por los hijos, digo, y su claridad emocional. En verdad, los payasos a tropel me ponen nerviosa. Ahora les miro con el mismo recelo de los vendedores múltiples. Y sé que soy injusta. Cuántos grandes payasos no quedarán por ahí, a cuántos dejaré del otro lado de la cerca, contemplando una huida sin remedio que es también un golpe bajo a las reglas de la infancia. Talentos tal vez muchos de la Escuela Nacional de Variedades, la televisión, el teatro... Desperdiciaré, con mi arrogante intolerancia, la posibilidad de concretar una tradición que no parece encontrar en estos tiempos cuerpo creíble tras la amenaza del asedio. Y que persiste, eso sí, cuando vamos de paso, o de paseo, con una niña de la mano. Una vida nueva que se abre al mundo rebosante de avidez inocente ¿Qué tal, payasos? |
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