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Ever Fonseca o la ronda de los jigües PEDRO DE LA HOZ
"Los güijes tuyos —me dijo el artista— no son mis jigües. Los güijes que la gente del centro de la Isla, y que nuestro común amigo Samuel Feijóo solía convocar al borde de las cañadas, eran duendes salidos de la imaginería popular de origen africano transplantada a nuestra tierra. Yo soy oriental y allá le llamábamos jigüe a otro tipo de aparición antropomorfa, de cabeza impresionante, producto de la interrogante del hombre cuando este se encuentra solo frente al misterio de la naturaleza nocturna del monte. "El jigüe —prosigue Ever— se presenta como susto en su génesis y puebla el monte de las semillas de su mirada, en aparición de relámpago que lo gesta en los ojos alucinados del caminante. Vive en los ojos luminosos de la lechuza, en el silbido del aire, como boca de chipojo, en el viento que sacude y mueve el monte y en el sonido de la fauna nocturna." ¿Tengo que subrayar, a esas alturas, que el jigüe es presencia tutelar a lo largo de la obra pictórica —y escultórica también— de Ever Fonseca? El jigüe y su entorno montuno es su marca plástica indeleble. De cómo pasó a serlo habría que contarlo en un espacio que excede el de estas líneas. Solo diré que Ever nació con vocación de pintor en la finca La Aurora, Sierra Maestra por la vertiente de Manzanillo, en 1938, aunque lo inscribieron en Guantánamo, donde su padre comerciaba con víveres. Luchó contra la tiranía en el llano y la montaña, y al triunfo de la Revolución, miembro del Ejército Rebelde, en cada campamento dejó la huella de su talento desbordante aunque todavía no cultivado.
Fundó la Escuela Nacional de Arte: "Muchos éramos guajiros y ni teníamos la menor idea de la pintura. Yo era mayor que otros, andaba por los 21 años. Antonia Eiriz estimuló mi estilo; le debo mucho a su guía y su confianza". Aún antes de graduarse, se hablaba de la personalidad pictórica de Ever. Jigües, bichejos, malezas, el pulso de la tierra adentro transmutado en una esencia raigal y jubilosa. Después del Salón 70, en el que ganó el Premio en Pintura, el Museo Nacional adquiere su primera obra. En sus paredes, hoy remozadas, El circo refulge con magia incomparable. En el ámbito internacional figuran entre sus máximos logros su inclusión en el Museo de Arte del Siglo XX (Timotca, Nueva York, 1997) y la adquisición de una obra suya para la colección permanente de Naciones Unidas. Septiembre próximo lo tendrá en Ciudad de México, donde desembarcará en la Galería Talento con una exposición personal, mientras busca un "hueco" para una muestra en La Habana para el 2003. Entretanto sigue habitado por sus jigües —juro que nunca más confundiré sus criaturas con mis güijes— que forman parte de su naturaleza artística: "El jigüe —afirma— es metamorfosis. Aparece y desaparece. Evade su rostro al amanecer, muta y se desvanece al iluminarse de sol el paisaje engalanado que despierta con la flora y el alba y el canto vívido del monte diurno. Así se completa el mito. El jigüe se convierte, entonces, en lo que pudo ser: un arbusto redondeado con un festival de aves y flores". |
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