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19/08/2002
Portada de hoy

Se adelanta una voz

ROGELIO RIVERÓN

Para la pesadilla del narrador —contar la historia— no hay otro remedio que la propia pesadilla: contar y contar, en una ronda que no da tregua, si de verdad se es narrador. La consabida frase Había una vez... aunque metabolizada ahora, mantiene de algún modo su espíritu místico, tentador, en las buenas narraciones que en el mundo siguen siendo.

Buen narrar me parece el del libro Los adelantados del reyno, de Claro Misael Salcines, acabado de publicar por la editorial Letras Cubanas. Tres relatos de sesgo histórico, que cumplen el mandato de contar, tan olvidado a veces. Contar, por supuesto, no a como salga, sino decorosamente. Con una eficacia del tipo que sea, pero con ella.

Me agrada ver en este libro la ausencia de esa angustia por verter significados presentes en las obras escenificadas sobre ambientes históricos. No quiero ignorar que poner al Hombre en su pasado —como ha dicho Alejo Carpentier— puede ser al mismo tiempo colocarlo en su presente, pero, en ocasiones, nuestra literatura padece de un exceso de insinuación, de trasladar cronológicamente algunas connotaciones ambientales, en perjuicio de su autenticidad. 

Los adelantados del reyno no pretende haber sido escrito en la Luna, pero es un libro que sabe imbuirse de sus ficciones y madurar en ellas.

Jugar con la Historia es un pasatiempo de los insatisfechos. Los personajes históricos tocados con el don de moverse por donde en la realidad no tuvieron tiempo de andar sugieren algo más que una posibilidad: son una gestión filosófica, una exploración, aún cuando sus gestos fueran demasiado jocosos. 

Claro Misael Salcines nos propone un mundo fantasioso y, a la vez, especulativo, y se las arregla para que el movimiento acapare sus relatos de una forma que nos evite el aburrimiento. 

Divertidos, levemente apocalípticos, territorio de la imaginación y las sorpresas, les reprocharía, acaso, el esfuerzo del autor por remedar los desechos de la lengua en el último de ellos. Imagino su tensión al dosificar esos arcaísmos tras un equilibrio innecesario, tras una veracidad que, de cualquier manera, hubiéramos terminado por aceptar. Sobra, igualmente, la nota final, porque nos advierte lo que la ficción se ha ganado el derecho a reservarse.

Quien busque una inquieta diversión, una sorpresa que se alarga y se contrae, puede leer Los adelantados del reyno.

19/08/2002

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