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10/08/2002
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Liborio Noval en tiempos de arte

ANDRÉS D. ABRÉU

"Esta exposición de Liborio Noval nos conduce a ciertas reflexiones. La primera, que el reportero gráfico, forzado por las contingencias y urgencias de sus funciones, se ve obligado a entregar el material que reclama el cierre del diario, y no lo que tal vez su inclinación artística, su prurito profesional, y hasta su propia sensibilidad, le dictan."

Este fue el comienzo de Otras miradas de Liborio, palabras con las que Jaime Sarusky inauguró la exposición de este fotógrafo (Premio Nacional de Periodismo 2001) que exhibe la galería Pequeño Espacio del Consejo Nacional de las Artes Plásticas.

Dijo además Sarusky, rodeado de las 28 fotos de la muestra: "... Liborio se fue diciendo un día sí y otro también que debía saltar la barrera de la rutina, de la inercia en el quehacer diario y transformar la imagen, hija del deber cumplido, en un empeño creativo, artístico".

El gigante (2001).

He aquí la intencionalidad de la curaduría realizada por el propio expositor junto a Virginia Alberti y en la cual nos encontramos con el trabajo de un lente, dueño de muchas más imágenes que aquellas por las que han aguardado las noticias, y que ha coleccionado instantes paralelos tomados bajo los imperativos de su otra sensibilidad.

Pero valdría, antes de una honda introspección en estas obras, preguntarle a Dominga de cuánto tiempo dispuso para posar ante la cámara como un monumento de la más cubana naturalidad.

Ninguno, gritaría indignado Liborio, y no dejaría siquiera espacio para cuestionarnos la posibilidad de lo que para él no tiene "posibles".

Para Dominga, sin discusión, él debió ser el mejor retratista del mundo: para los demás, después de verla, esa afirmación aún cuando fuese imaginaria, obliga a recorrer los rostros de Bola de Nieve, Chinolope, Pita o el viejo Robaina, dominados por la benevolencia de esa mujer.

Reflejo en el agua (1963).

De allí, y desarticulando el orden de la galería, valdría nuevamente interrogar sobre cuáles complejos momentos de la realidad del año 1963 abandonó el fotorreportero para abstraerse sobre un Reflejo en el agua, obra de una plasticidad mucho más atendida en las cercanías del actual siglo.

Aunque siempre habrá que detenerse ante la comunicabilidad surrealista de Prefiero el mío (1960), la casual instalación pública de torres formadas por sillas plásticas de Malasia (2001) vuelve a mostrar su atención a la contemporaneidad estética y demuestra que Liborio sigue transitando por las calles con el mismo margen de inquietud bajo el chaleco.

No hay dudas de que son el instinto y el tiempo los ardides que singularizan la creación de Liborio Noval, sean cuales sean los instantes, artísticos o gráficos, de su precisa técnica fotográfica.

Pero cabría hacerle una última pregunta ante el contraste de luz e imagen revelado en El gigante (2001) y que compone esa mirada providencial de la figura de Fidel: ¿Le habría gustado para esta creación una primera plana del periódico?

10/08/2002

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