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Caramba, Manuel ROGELIO RIVERÓN Hay palabras que vienen a la poesía por sí solas, gracias a una llamada mecánica, como el perro de Pavlov. Son términos con carisma, pero engañan al poeta, quien cree que, de por sí mismas, caídas de plano en el texto, son la imagen. Ejemplos: cuaresma, pez, cordero, otoño, nostalgia, pájaros, copa, puente, máscara, reino, naipe. Toda palabra es común, ya lo sabemos, pues alguien la ha articulado en los siglos de la lengua, sea un hombre del argot, de la jerga, o del filosofar. ¿O has olvidado que cuando dices Te amo repites a todos los amantes que antes de ti han sido? Sin embargo, debería recordarse aquella máxima: el escritor es alguien que ha decidido llevar el lenguaje más allá de sus posibilidades. Montado sobre palabras que de tanto venir al poema comienzan a cuartearse, está el libro La noche del visionario (editorial Capiro, 2002), con el que Manuel González Busto ganó el Premio Ser Fiel un año antes. Y es un libro que no carece de ingenio, me apuro a escribir, que esconde en sus pliegues más de una idea de interés, a pesar, entre otros, del martilleo sordo de la palabra reino. Lo que pasa —se trata de una suposición— es que González Busto (Sancti Spíritus, 1957) padece en esta ocasión de cierta prisa por constatar. Partidario de esa tendencia que explota un perfil hecho mejor para la prosa, suele volver en este poemario sobre tropos muy parecidos, como el pitcher que insiste en buscar el centro del home. En La noche del visionario un sujeto cósmico canta la pérdida de su capacidad para estar perplejo y la ambigüedad con que se asume evita que el poemario se pierda definitivamente. Este profeta que todo parece haber visto, goza de una lucidez alternativa y, a ratos a lo Whitman, otros más tropical, recorre su memoria en beneficio de quienes lo escuchan. Pero, aceptado su juego, uno puede tropezar con hipótesis aburridas, con cierta tendencia a definir por la vía de la obviedad (El mundo está lleno de profetas asalariados, de mercaderes con rostro de ángeles: "El ademán febril de los infieles"; Nadie recordará que siempre/ hubo agujas sórdidas para el rumbo: "La audacia de quedarse"). Comprendidas las ondulaciones de este, su último libro, lo que, para mi gusto, resultan altibajos, me pregunto por qué Manuel González Busto no se reservó en sus mejores tiradas de atmósfera, allí donde se equipa con versos cruzados por un aire frío, solo a medias descifrable ("Yo soy Dafnis sin el beso de Cloe"). Compactado en su estilo es más fácil seguirle las huellas, y agradecer que los pies tatuados en el polvo nos hagan dudar a ratos si son de hombre o si son de unicornio. |
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