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Truenos en Wall Street y nubarrones en la Casa Blanca ORLANDO ORAMAS LEÓN
Para Bush, el problema es culpa de las empresas. Quizás le faltara decir del sistema de libre empresa, y promete la creación de una fuerza federal para luchar contra delitos financieros. Entretanto, en el Congreso se aprueba el mayor proyecto de reforma empresarial desde el crack del 29, para castigar a los criminales de cuello blanco y mejorar el control del sistema de contabilidad financiera. Al ciudadano común, no le inspiran confianza los informes de las corporaciones, mientras crecen las críticas al manejo que el gobierno viene dando a una crisis que se destapó con Enron, en el ramo energético, y ha sumado en escándalos separados, pero unidos por un hilo común, a una decena de megaempresas estadounidenses.
Una reciente encuesta realizada por la cadena televisiva NBC y el diario The Wall Street Journal, arroja que el 93% de los consultados desconfía de los responsables de las grandes empresas, es decir, del núcleo de decisión económica (y también política) de la nación. Habría que medir el impacto de tal situación entre inversores internacionales que por lo general invierten su capital en la banca y los negocios del mercado estadounidense, y pudieran estar mirando hacia otras opciones. Y si bien el referido sondeo evidencia que el presidente W. Bush aún goza de la popularidad que le favoreció tras los atentados del pasado año, lo cierto es que en el currículum empresarial del actual mandatario se señalan manchas como las que por estos días enlodan a entorchados ejecutivos del stablishment. Tanto el jefe de la Casa Blanca, como el vicepresidente Richard Cheney, han sido cuestionados por presuntas irregularidades financieras y contables en sus tiempos de directivos de empresas petrolíferas. En el caso de Cheney, incluso, hay una demanda judicial en marcha. La más reciente edición de Newsweek, se pregunta si la crisis de confianza en Wall Street pudiera alcanzar al gobierno, que intenta sacar provecho político de su cruzada antiterrorista. Los analistas se cuestionan si W. Bush no estará siguiendo los pasos de su padre, que cosechó alta popularidad con la fanfarria bélica de la Guerra del Golfo, para luego perder la batalla económica y ceder en las elecciones al candidato demócrata, William Clinton.
W. Bush comenzó con mala pisada política, al ganar la presidencia con un proceso electoral plagado de irregularidades en Florida, donde su hermano, Jeb, es gobernador. Pero su crédito creció tras los atentados terroristas del 11 de septiembre y la guerra lanzada en represalia contra Afganistán. Bush llegó a tener por aquellos tristes días un 90% de apoyo, lo propio que cosechaba su padre al ganar la Guerra del Golfo. Pero la historia demostró que el estandarte bélico no bastó para las ansias reeleccionistas de quien fuera sucesor de Ronald Reagan. De cara a las elecciones legislativas de noviembre próximo, donde los demócratas intentarán hacerse del control de ambas Cámaras, el gobierno tiene en su contra la propia crisis empresarial, así como los conocidos lazos y compromisos de Bush y Cheney con el sector corporativo que hizo posible las quiebras de Enron y WorldCom. De igual manera tendrá que afrontar las críticas de quienes consideran que el Presidente habló más de lo que hizo en materia de sanciones para altos ejecutivos fraudulentos. También pesarán las insuficiencias que rodean a su equipo de asesores económicos, en particular el secretario del Tesoro, Paul ONeill, y el consejero Lawrence Lindsey, quienes se han visto incapaces de superar la desconfianza de los inversionistas en la transparencia del sistema empresarial. Y aunque Bush y otros altos cargos reiteran que el barco navega en aguas tranquilas, la mayoría de los norteamericanos considera que, en materia económica, lo peor está por llegar. Junto a las noticias de los vaivenes a la baja de la Bolsa y los escándalos empresariales, se suman otras de recortes de empleo y pérdidas gananciales en conocidas corporaciones. Las próximas elecciones del Congreso están a la vista y podrían ser un termómetro para medir el crédito que, en la economía, y ante el electorado, está recibiendo el Presidente que escogió la vía de la guerra para imponerse en el mundo.
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