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Más de lo humano que de lo divino ROGER RICARDO LUIS Ni la más brillante de las cartománticas le hubiera podido predecir, un cuarto de siglo atrás, al hoy teniente coronel Tomás Jorrín Linares que su futuro estaría entre menores con problemas de conducta.
Apenas obtuvo su título universitario fue destinado al Centro de Reeducación de Menores de Mulgoba, en Santiago de las Vegas, y al órgano de Menores del MININT. Esa experiencia inicial fue un choque con una realidad de la cual solo tenía el referente académico asociado a las prácticas docentes en su vida de pregrado. "Allí vi otra cara de la sociedad. Descubrí niñas desafiantes, frías afectivamente, vinculadas a hurtos, robos, y otras conductas indeseables, desvinculadas del aula, con retraso escolar y hogares que no lo eran; pero también conocí gentes consagradas al mejoramiento de esos seres", recuerda. Aquel panorama se convirtió desde entonces en su mayor reto humano y profesional. Ha transitado con éxito por numerosas esferas del trabajo, bien como especialista, bien al frente de equipos multidisciplinarios de pedagogos, juristas, médicos, psicólogos y reeducadores, y también en la dirección de centros donde están los casos más graves. DOS LLAVES PARA UN CANDADO "Las personas que trabajan aquí no pueden hacerlo con mentalidad de asalariados. Por mucha calificación que tengan, si no hay amor y entrega al trabajo, tampoco hay resultados. Este niño o adolescente es capaz de percibir cuando el reeducador, el maestro, siente lo que está haciendo por él y cuando no lo hace", subraya Tomás. De ahí la importancia de insuflarle al colectivo encargado de esa misión social tal espíritu para que el muchacho lo perciba por todas partes. Ese clima es uno de los elementos imprescindibles para revertir en un período de tiempo relativamente breve sus problemas, pues, como regla, quienes pasan por estos centros, lo hacen en un lapso de un año a año y medio. Según Jorrín, hay que partir del principio de la individualización, de la diferenciación en el tratamiento de cada uno de los casos para elaborar una estrategia que permita estimular las potencialidades que anidan en cada uno de ellos, a partir de una educación desarrollista, creativa, evolutiva que no solo trabaje sobre el defecto, sino también buscando lo bueno para potenciárselo. Bien pudiera catalogarse esta actividad como una labor de orfebrería en humanos. Así lo confirma este especialista cuando refiere la necesidad de estar al tanto de cada detalle en esa transformación del menor desde el punto de vista síquico, del modelaje de la personalidad. El entorno familiar, aun cuando sea un desastre, es importante. En tal caso, siempre hay que escarbar, indagar hasta encontrar un elemento que sirva de apoyo a la labor de reeducación. Otro tanto ocurre con la comunidad. UN MENOR ES SIEMPRE SALVABLE Un menor es siempre salvable y por ello trabajamos, afirma el especialista. Refiere entonces la importancia de trabajar para la detección temprana de los desajustes. Y pone un ejemplo: Un embarazo precoz puede ser una señal. En primer lugar, hay que tener en cuenta que la futura mamá no está aún biológicamente apta y tampoco preparada para asumir esa responsabilidad de criar un hijo. Apunta que aun cuando las causas de la desviación de la conducta en menores es multicausal, es decir, de competencia muchas veces biológica, genética, educativa, macrosocial, la familia, la escuela y la comunidad siguen siendo una tríada esencial en cualquier acción de cambio. En la familia están los primeros modelos referativos. El niño o niña empieza a imitar a la persona más cercana afectivamente. A partir de ese proceso de asimilación de determinadas formas de comportamiento se asumen modos de hablar, de comunicarse, el contenido del lenguaje, las formas de actuar y comportarse. Otro elemento importante está en la satisfacción de necesidades de afecto, protección, seguridad, reconocimiento, en llamar la atención dentro del seno familiar, entre sus amigos y coetáneos; entonces pueden encontrar satisfacción en actividades socialmente reprobables. Tal como afirma Jorrín, se va camino del perfeccionamiento de la detección temprana de los problemas de conducta en menores, de tal manera que cada uno de los elementos que componen el sistema de atención cumpla su papel, y solo lleguen a los centros de reeducación los casos que así lo requieran. Para el especialista, la formación de trabajadores sociales es de extraordinaria importancia en esa dirección y en el camino hacia una sociedad más sana. HISTORIA EN FAMILIA Eso que dice el refrán de "... candil de la calle, oscuridad de la casa" no va con Tomás. Pero la lección la aprendió con la vida. Resulta que en sus inicios en el trabajo y dado su nivel de consagración y responsabilidad, salía y llegaba a la casa cuando su primer hijo dormía. En cierta oportunidad lo fue a cargar y comenzó a llorar pues lo consideraba un extraño. Aquel llanto infantil lo llevó a pensar que por ese camino su descendencia podía hasta llegar a un lugar como donde él trabajaba, ¡vaya paradoja! Ni corto ni perezoso se replanteó su conducta y supo buscarles el debido y merecido espacio a los suyos. En la actualidad ese hijo le sigue los pasos y el otro estudia Construcción Naval. No deja de subrayar el apoyo incondicional de su esposa e hijos a su labor, como el orgullo que sienten por él sus viejos allá en La Isabela, en Jovellanos. Los compañeros de labor alargan esa familia y lo distinguen por su profesionalidad, sencillez, camaradería y entrega al trabajo. Y la alegría le viene como recompensa cuando anda por la calle y a su espalda alguien lo llama: "...¡Maestro Jorrín, maestro Jorrín!", y al virarse, descubre, como le pasó hace poco, el rostro de un hombrote que le dijo con un reproche cariñoso e infinita gratitud: ¡Ya no se acuerda de mí! Pero yo fui su alumno allá en el centro de La Habana del Este, cuando era un niño... Y para recalcarle que su obra rindió fruto le dice: ... ¡y estoy trabajando en una empresa cerquita de aquí!
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