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28/06/2002
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Acotaciones

Un hotel en El Sótano

AMADO DEL PINO

Fernando Quiñones, uno de nuestros más productivos y constantes directores de escena, supo encontrar en un título ajeno resonancias de la realidad cubana, Los viernes del hotel Luna Caribe, del dramaturgo español Alberto de Casso que obtuvo en 1999 el importante premio Calderón de la Barca y propone una aguda reflexión acerca de fenómenos universales como la emigración, el oportunismo, la violencia y el azote de las drogas.

Casso demuestra oficio para el diálogo y para la caracterización de los personajes, aunque el argumento resulta, a ratos, predecible y las situaciones, esquemáticas. El círculo vicioso en virtud del cual la joven llegada de La Habana terminará como la envejecida portuguesa, además de ser fácil de adivinar, se contamina de melodrama.

Como en otros montajes suyos, Quiñones no se propone grandes innovaciones a partir del texto original, ni "sacudirnos" con imágenes novedosas. Pero en este espectáculo —que se presenta de viernes a domingo en la acogedora sala de 27 y K— puede hablarse de una dramaturgia inteligente y una fluida dirección de actores. La banda sonora (basada fundamentalmente en la recurrente amenaza de los perros del dueño del hotel-antro), funciona como catalizador de la acción dramática. No puede decirse lo mismo de la demasiado evidente escenografía. Con un solo cuadro de erótico mal gusto bastaba para que a los personajes y los espectadores no se nos hiciera difícil saber dónde estamos. Redundantes resultan también algunas de las composiciones de baile y juego prostibulario.

Viernes del hotel... cuenta con un amplio elenco que, en general, denota profesionalidad, y coherencia. Gina Caro derrocha dominio de los recursos coloquiales y contenida gracia . A su lado, la poca experimentada Irina Camejo, apresura algunos parlamentos, pero llama la atención su precoz madurez gestual y adecuada energía. Mucho aportan a la dinámica general de la puesta Vitica Sobrino, Mireya Chapman y Heidy Villegas. Mientras tanto, Gerardo Frómeta se encuentra en el trabajo más maduro de su carrera, aunque todavía puede "limpiar" las transiciones de su complejo personaje. El veterano Carlos García resuelve con dignidad un papel, al parecer, escrito con prisa . El joven Andros Alfonso da pruebas de carisma y encanto escénico. Mucho de esas virtudes le faltan al debutante Marco Ramírez.

Se agradece —en tiempos de bostezos y logros a medias— una puesta en escena como esta de la compañía Rita Montaner: poco pretenciosa, imperfecta, pero vital y agradable.

28/06/2002

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