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19/06/2002
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Bioterrorismo: el nuevo pretexto del imperio

NIDIA DÍAZ

Hace apenas unos días concluyeron los trabajos en el área donde una vez se asentaron las Torres Gemelas, en Nueva York. Ocho meses duró la faena desde aquel 11 de septiembre en que se desplomaron por el impacto de una acción terrorista y, paradójicamente, de entre los restos de aquel símbolo del poder imperial, George W. Bush, de los menos populares y creíbles presidentes norteamericanos, encontró las justificaciones para lanzarse, sin freno, a la imposición del liderazgo de Estados Unidos en este mundo unipolar.

Para conseguirlo, ha tenido en estos meses que inventarse una guerra santa y, para ella convocó a ejércitos, servicios de inteligencia, políticos, acólitos de variadas latitudes y vasallos de la peor ralea. O conmigo o contra mí, fue y es la orden de ataque.

El aguerrido emperador, con sus huestes alistadas, inició en Afganistán su primera campaña, la que le serviría para desviar la atención del mundo de sus verdaderos objetivos, los cuales pretende alcanzar con argucias, engaños y mentiras.

La campaña contra el terrorismo, encabezada por la actual administración de la Casa Blanca, ha reafirmado la tendencia de los años post Guerra Fría de cambiar las coordenadas del conflicto Este-Oeste, hacia el enfrentamiento Norte-Sur. Son países del Sur los actuales blancos de la cruzada antiterrorista, de la misma forma como lo han venido siendo de las acciones de fuerza del Consejo de Seguridad de la ONU, de las sanciones internacionales y unilaterales, por solo mencionar algunos ejemplos.

Nuestro pueblo conoce sus grotescas y groseras maniobras en la Comisión de Derechos Humanos donde los "violadores" siempre somos los pueblos y los gobiernos del Tercer Mundo. En su seno, las políticas de doble rasero y doble moral con que los Estados Unidos dividen al mundo entre buenos y malos, quedarán en la historia como prueba de la irresponsabilidad con que Washington asume su papel de miembro de la comunidad de naciones.

La supuesta lucha contra el terrorismo ha dado al imperio el pretexto perfecto para avanzar en la búsqueda de sus intereses hegemónicos y aunque George W. Bush sea sin dudas un ignorante, la derecha norteamericana, cuyos intereses él representa, sabe que no basta con la guerra contra el terrorismo para alcanzar los objetivos que buscan desde sus inicios como nación.

Hoy, por ejemplo, sobre la base de calumnias y descrédito se lanzan desenfrenadamente a la búsqueda de bioterroristas con el malsano objetivo de etiquetar a aquellas naciones que no se pliegan a sus designios y preparar el camino para eventuales agresiones contra ellos y, de paso, continuar amedrentando a su pueblo y hacerlo vivir en el pánico, estimulando el fantasma de la supuesta vinculación entre el terrorismo y las armas de exterminio masivo.

Listas, certificaciones, ejes del mal, han sido históricamente las armas con que estigmatizan a los que se les oponen, solo que ahora el Emperador pretende que otros estados lo secunden en esa práctica de nombrar-nombres, de singularizar países, para universalizarla como válida.

No es casual que desde que esta administración llegó al poder ha trabajado intensamente por socavar los mecanismos de concertación multilateral que podrían, potencialmente, cerrar el paso a sus paranoicos objetivos de grandeza. Esta es, para decirlo de alguna manera, su batalla de cuello blanco.

Apenas tomadas las riendas del poder, la administración republicana comenzó a demostrar su tendencia a la actuación unilateral y su alejamiento de los compromisos anteriormente adquiridos en materia de desarme y control de armamentos. Su retiro unilateral del tratado ABM con Rusia, su rechazo al Protocolo de Kyoto sobre cambio climático o su obstruccionista actuación en la Conferencia sobre Tráfico Ilícito de Armas Pequeñas fueron actitudes que le valieron, incluso, las críticas de sus aliados europeos aún antes de que en julio del año pasado se opusieran a la conclusión del Protocolo de la Convención de Armas Biológicas, cuya esencia sería el establecimiento de los mecanismos de verificación que la hicieran fiable.

¿DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO?

Es bueno que nuestros lectores recuerden que desde el 26 de marzo de 1975 entró en vigor la Convención de Armas Biológicas (CAB), destinada a prohibir el desarrollo, producción, almacenamiento y la adquisición o transferencias de este tipo de armas por su efecto de destrucción masiva y su utilización con fines hostiles y bioterroristas.

El gran defecto de este instrumento de Naciones Unidas es que desde su nacimiento careció de un mecanismo de verificación, sobre lo cual venían alertando muchos de los estados partes.

Una prueba de la endeblez de la Convención fue la denuncia hecha por Cuba en 1997, sobre la necesidad de establecer las causas de los severos daños ocasionados en la agricultura de nuestro país tras la aparición de una plaga del insecto Thrips Palmi Karny, con las evidencias de haber sido regada por una nave norteamericana a su paso por el corredor aéreo internacional Girón aquel año, y luego de infructuosos esfuerzos de la parte cubana de llegar a la verdad tras contactos bilaterales con Estados Unidos, el país agresor.

Era, realmente, la primera y única vez hasta hoy que se sentaba a un país en el banquillo de los acusados a pesar de los enormes esfuerzos de algunos por impedirlo. El final de aquella historia, es conocido: la falta de mecanismos de verificación, es decir, de investigaciones en el terreno, hizo abortar la denuncia cubana.

¿Qué aduce Estados Unidos para boicotear los esfuerzos de la comunidad internacional a favor de un Protocolo que prevea el necesario y cada vez más urgente mecanismo?

En primer lugar, que el Protocolo no propiciaría el descubrimiento de actividades ilícitas y tampoco desestimularía los programas ilícitos de armas biológicas.

Asimismo, y como es habitual en ellos, aducen pretextos de seguridad nacional, argumentando que de aprobarse el Protocolo, se verían afectados al verse obligados a ofrecer datos sobre sus Programas de Biodefensa, los cuales, dicho sea de paso, son los más extensos y preocupantes del mundo puesto que permiten la investigación y el desarrollo, a gran escala, de microorganismos y agentes biológicos, incluso modificados genéticamente, y cada vez más sofisticados, que proveen a EE.UU. de una amplia capacidad ofensiva en la esfera de las armas biológicas.

De la misma manera, Estados Unidos argumenta que un protocolo de este tipo ocasionaría daños comerciales a empresas privadas al ponerse en riesgo su información confidencial.

Para la administración W. Bush, un mecanismo de verificación sería como enseñarle la cruz al diablo, porque recientemente han salido a la luz pública controvertidos programas y proyectos que no solo ponen a prueba la Convención de Armas Biológicas, sino que la violan y que tienen que ver con la creación, entre otros, de la cepa de Anthrax modificada genéticamente para aumentar su peligrosidad, una bomba especial para la diseminación de agentes biológicos, incluido el propio Anthrax, una instalación clandestina de producción de agentes biológicos en un antiguo emplazamiento de pruebas en Nevada bajo el nombre de proyectos Clear Vision y Bachus.

En pocas palabras, la posición del gobierno de Estados Unidos, autotitulado cruzado en la lucha contra el terrorismo en todas sus manifestaciones, incluyendo la proliferación y uso de las armas de destrucción masiva, se reduce a considerar que para impedir la proliferación del arma biológica y para detectar y detener a los posibles violadores de la Convención, ningún esfuerzo multilateral sería confiable, solo acciones punitivas de carácter unilateral contra eventuales estados "villanos", serían factibles. Y, para ello, basta la acción del imperio.

Tras esta arrogante posición, además, Washington camufla otro importante frente de batalla contra el Sur: el establecimiento unilateral, amparado en su lucha contra el terrorismo, de un férreo sistema de control sobre las transferencias de tecnología, equipos y conocimientos para limitar, aún más, el desarrollo en la esfera biológica y biotecnológica de los países del Tercer Mundo, ya que entre estos estarían los "villanos" patrocinadores del bioterrorismo.

A finales de año, ha de reanudarse, en Ginebra, la V Conferencia de Examen de la Convención de Armas Biológicas que tuvo que ser suspendida en noviembre pasado producto de la posición de la delegación de Estados Unidos, encabezada por el mismo subsecretario de Estado, John Bolton, de negarse a admitir un mecanismo de seguimiento de las negociaciones para el fortalecimiento de la Convención, con lo cual puso en riesgo, incluso, la adopción de la declaración final de la Conferencia.

La posición que sostendrá la delegación de Estados Unidos en el próximo encuentro de noviembre ya ha sido anunciada por el propio Bolton: será contraria a iniciar algún tipo de negociación internacional sobre un mecanismo de verificación de la Convención, y ya está tratando de convencer a sus aliados, para que la Conferencia se centre en identificar a los "incumplidores" de la Convención y se sumen al nombramiento de los acusados.

Así las cosas, las perspectivas de lograr un instrumento de verificación equilibrado y multilateralmente negociado son muy inciertas.

La tozudez del Emperador de erigirse como gendarme internacional y matar a varios pájaros de un tiro en su cruzada hegemónica, así como la incapacidad y falta de voluntad real de sus aliados, serían la base de un nuevo fracaso de los esfuerzos internacionales por hacer de la Convención un instrumento jurídico internacional verdaderamente representativo en el enfrentamiento al peligro de las armas biológicas, incluido el de su uso para acciones terroristas. Tras este resultado, de la mano del imperio continuarían proliferando armas biológicas de cuya acción destructiva ni siquiera estaría a buen recaudo el arca de Noé, en el supuesto de que, incluso, esta se llenara con pasajeros del Norte.

19/06/2002

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