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La caminante, la luz y su sombra LEYLA LEYVA Sobre la obra y la figura de Ena Lucía Portela, una escritora habanera que llega a la treintena con por lo menos cuatro libros publicados, entre los que se cuentan dos novelas y algunos relatos, habría mucho de qué hablar, solo que un silencio contencioso le ha ganado la batalla a una de las voces más genuinas y polémicas de nuestra narrativa. Su estilo agudo, de un patetismo funcional, recuerda que la contemplación de la belleza literaria, el ingenio en el ejercicio de la escritura, es, como revelara Azorín, una resultante fisiológica más que un acto voluntario. Esta autora de historias de seres transexuados, amadores de criptas, suicidas, pacientes neurológicas, fenómenos humanos, en fin, criaturas menos comunes en el cuento de rigor, juega con un sistema expresivo que se desplaza, impecable y con ironía, entre razón e imaginación. Y lo hace con golpes concluyentes de intelecto, sin limitaciones ni sonrojos, de manera que parodias, citas y reflexiones hacen peso en el balance general y perfilan un modo de ver la vida y la literatura como un sugerente espacio posible. Ena Lucía Portela ganó en 1997 el Premio UNEAC con la novela El pájaro: pincel y tinta china, y el Juan Rulfo, de Cuento de Radio Francia Internacional. Reconocimientos que hicieron volver los ojos de los más descreídos hacia esta escritora que ha dejado de ser una "prometedora muchacha" para instalarse en el receloso panorama narrativo del cual ha sido juez y parte, sin que la crítica le dedique el estudio que merece su obra. Desde su primer relato publicado en la antología Estatuas de Sal, narradoras cubanas, hasta la más reciente novela suya publicada, La sombra del caminante, se percibe que el poder sugestivo de la palabra es cosa que arrastra a la escritora hacia derroteros pocos frecuentes. Una búsqueda que planea instalarse en esas zonas inextricables de la condición humana, y que a pesar de los aires extravagantes de sus seres creados y sus hábitos de vida, resultan legítimos sujetos literarios infelices, que le sirven de excusa la mayor parte del tiempo, para disertar o hacer disertar a un narrador corredizo y mutante en una compleja lectura indagatoria. Precisamente La sombra de un caminante, editada por Contemporáneos Unión —una narración violenta que arranca con disparos y muertes en un campo de tiro universitario— ensaya ese persistente estilo de la autora en el que el narrador moldea el relato con una indulgente densidad intelectual, a veces más colmada, otras recurriendo a un pésimo humor, y la mayor parte del tiempo dando fundamento a un estado de irracionalidad, como perfecto sistema de simulación para concretar la fábula atípica. Una estimable novela que no alcanza a sedimentar en cuerpo y alma como la primera: El pájaro... Por lo general, con la lectura y apreciación de la obra de Ena Lucía Portela poco se emplean las medias tintas. Usted puede llegar a apasionarse o a repeler sus anécdotas, ambientes y hasta la tan llevada y traída verbosidad de un narrador evocativo, presuntuoso en ocasiones. Puede, incluso, sorprenderse de hacia dónde van a parar algunos de sus personajes, de cuya existencia real y cultural en La Habana de hoy a muchos no les queda duda de que la autora ha hecho una representación en sus obras (práctica considerada desleal por algunos y para otros solo licencia, pasatiempo paródico). Pero nunca, eso sí, dejar de admirar el tono de una espléndida prosa, esclava de los límites intuitivos del estilo como fisonomía mental en ese marasmo imaginativo en el que nunca se pierde de vista la sintonía de las formas. El matiz de una escritura de oficio. |
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