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Del Prado, soldado impecable PEDRO DE LA HOZ El tiempo no le ha pasado por encima a Historia de un soldado (1917), la fábula musical del compositor ruso Igor Stravinsky (1882-1971) y el poeta, narrador y ensayista suizo Charles Ferdinand Ramuz (1878-1947). Ni por la música —una revolución inapagable— ni por el texto —una proclama ética, de resonancias fáusticas, sobre la ambición y el lucro. Ello explica por qué, cuando se revisan los programas de los teatros musicales en la última década —tómese nota: después de la caída del muro de Berlín—, la obra, tanto en su versión original como en aproximaciones coreográficas, sea un motivo recurrente.
Esa viva actualidad de la obra animó su puesta en escena el pasado fin de semana en el Teatro Amadeo Roldán, como parte de la temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional. Iván del Prado, al frente de un colectivo de siete instrumentistas del organismo (Escalona, Batista, Sarduy, Heredia, Chea, Dorta y Martínez, cada uno solista de altísimo nivel), supo siempre que para sacar a flote la partitura de Stravinsky había que profundizar en los matices más íntimos de su lectura. Aún en lo que el ruso consideró una pieza de ocasión, acicateado por las circunstancias económicas durante su estancia en la Suiza neutral que veía a Europa saltar en pedazos por la Primera Guerra Mundial, el compositor, tan adelantado en su tiempo como lo eran Picasso en la pintura y James Joyce en la narrativa, introdujo una estética musical contracorriente: de una parte, la más increíble variación rítmica —insólitos y continuos cambios de compases— y de otra, el reciclaje de formas folclóricas y populares, unas heredadas del universo eslavo, otras tomadas del ámbito de los cafés y cabarés de la época. Del Prado no solo cohesionó a sus siete instrumentistas en el seguimiento fiel de la partitura, sino que logró que se respirase ese ambiente mundano y ríspido, poético y minimal que se conecta con nuestra sensibilidad contemporánea. Fue una hazaña mayúscula la de este joven pero ya maduro director. Cabría esperar una puesta en escena que se remitiera a los referentes culturales abrazados por Stravinsky y sugeridos por los versos de Ramuz. Más cuando apareció en el escenario Carlos Pérez Peña, un narrador de lujo, preciso en el gesto y la palabra, con pleno dominio de la cuerda histriónica que de él se esperaba. Pero el director artístico Julio César Ramírez enredó el norte de la representación a base de un diseño ecléctico de los personajes, cada cual encauzado por líneas diferentes, una de las cuales, la grotesca, desentonó. Mucho más adecuados resultaron el porte y los pasos de Gretel Montes de Oca (la Princesa) en su baile. Nos ha llegado, sin embargo, esta Historia de un soldado, como alta y necesaria cifra en la vida cultural cubana. Buen regalo de la revista Tablas, patrocinadora del evento, en su vigésimo aniversario. |
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