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Bolivia a vuelo de cóndor Sorpresa en Caranavi ROGER RICARDO LUIS
—"¡Si alguien va a castrarme ahora, tiene que cortarme la garganta!" Como buen cubano, Arencibia "salvó la jugada" con tan criolla expresión. Pero a fuerza de sinceros, así nos sentíamos de sobrecogidos quienes bajábamos a los míticos Yungas bolivianos. El viaje nos proporcionaba una experiencia excepcional en nuestras vidas: andar por Los Andes y bajar, virtualmente a sus pies, hasta el poblado de Caranavi,a 164 kilómetros de La Paz. En poco más de seis horas, tuvimos la experiencia de cambiar de clima cuatro veces. Primero, dejamos el tiempo templado de la capital boliviana, la más alta del planeta; luego, sobrepasamos los 4 000 metros sobre el nivel del mar y recorrimos, por dos horas, el páramo gélido y seco de la cordillera prodigando su paisaje ocre, monótono, desprovisto de árboles, con los picos nevados al alcance de la mano, de inesperadas granizadas, asiento de esporádicas cabañas de piedras y adobe, de efímeros llanazos cubiertos por sembradíos de trigo, donde también encuentran su espacio las llamas y sus pastores. Todo cambia, de repente, cuando comienza el descenso. La carretera se transforma en un camino horadado sobre las laderas por donde solo cabe, a duras penas, un vehículo, entre curvas, pendiente arriba, pendiente abajo, siempre marcadas a uno de sus lados por el precipicio, con el fango gelatinoso como emboscada. Andamos entre las nubes, por túneles de helechos arborescentes, entre saltos de aguas cristalinas, como el que llaman el "Velo de la Novia". A cada vuelta del camino un paisaje de montaña diferente, difícil de igualar por la más brillante paleta de colores del mundo.
Tal es el amuleto que la naturaleza nos prodiga, porque ni el frío húmedo de esta etapa se siente, el alma se nutre de tanta belleza primigenia, la vista recibe un bálsamo de verdor secular. Cuando la corriente de vértigo de los ríos deja de ser un eco lejano y la noche cae sin sobresaltos posibles, el calor da la bienvenida. Los caseríos semejan pueblos fantasmales donde apenas se proyecta la lumbre mortecina de las velas. A estas horas solo los perros ladran. La gente, indiferente, queda dentro de los humildes hogares tras el esfuerzo por la supervivencia del día que muere. ¡Ya estamos en Los Yungas! Y sin mediar explicación, uno comprende que este es un sitio que la naturaleza creó como una fortaleza entre los estrechos, feraces y minúsculos valles intramontanos donde la tierra pare con el vigor de la primera vez. Hacia estos parajes huyeron del frío y los maltratos brutales de los colonizadores muchos negros esclavos que trabajaban en las minas de Potosí y Oruro, sin que los españoles pudieran llegar a atraparlos; hasta lograron mezclarse con los aymaras en un proceso de simbiosis étnica y cultural sin precedentes. Esa huella perdura, se palpa y percibe a cada paso del camino. UN NEXO CON CUBA El resplandor luminoso nos descubre a Caranavi, poblado de 12 300 habitantes y sede del gobierno del municipio del mismo nombre, con una población estimada en más de 52 000 personas. Las sorpresas continúan. La magia del teléfono celular permite que una radio local sepa de nuestra inminente llegada y escuchamos la bienvenida al grupo de siete periodistas cubanos que, entre domingo y lunes, estrecharíamos lazos profesionales y de hermandad en un intercambio de experiencias, y participaríamos como invitados en la toma de posesión de la nueva directiva del Sindicato de Trabajadores de la Prensa en la localidad, donde existen varias emisoras radiales y una plantica de televisión. Apenas bajamos de la movilidad, como suelen llamarles los bolivianos a los ómnibus y microbuses, un colega se presenta: —"Mire, hermano cubano, me llamo Lidio Roberto Mamani Straus. Soy periodista de la radio aquí y tengo un hijo estudiando Medicina en Cuba". Al estrechón de manos le siguió el abrazo fuerte, sentido. Por supuesto que en el primer chance dentro del programa de trabajo de ambos, nos fuimos a su casa, a la nueva casa que Jonathan, el futuro médico, aún no conoce por estar en La Habana desde marzo del pasado año. Allí nos esperaban Lidio y su esposa Rosa. Fue ella, con emoción de madre, quien nos dijo: —"¡Es una bendición de Dios! Mi hijo siempre quiso estudiar Medicina; pero sin recursos y en este lugar, ¿quién podía soñar con eso? Él siempre ha sido un buen estudiante y a su padre y a mí nos daba dolor que no pudiera estudiar lo que quería". Lidio entonces tomó la palabra: —"Cuando se enteró de la convocatoria que hacían para estudiar en Cuba, Jonathan saltaba de alegría. Tenía la oportunidad de optar por una plaza solo con su inteligencia. Claro que sabíamos que era un certamen difícil, pero en todo momento nuestro hijo mantuvo un optimismo muy grande". —"¡Yo rezaba todas las noches por la beca de mi hijo, prendía mis velitas y rogaba que se le diera la oportunidad!" Ä recuerda Rosa con la voz emocionada. —"Cuando nos enteramos de que había más de 2 000 aspirantes para seleccionar a 70, pensamos que ya todo estaba hecho y que habría que esperar otra oportunidad, o estudiar otra cosa o buscar un trabajo que le permitiera pagarse una carrera menos costosa, y dejar el sueño de la Medicina, que no es para gente pobre. Eso sí, el muchacho no perdió ni la fe ni la esperanza, y vino contento de los resultados del examen que le habían hecho en La Paz"— rememora el padre con su acento pausado. Durante 15 días la expectativa en el hogar fue grande. "Dios no me puede dejar sin esa beca", decía Jonathan cuando más angustiado estaba ante la incertidumbre de si había clasificado o no. La alegría fue infinita cuando le informaron que había obtenido la plaza. El único de Caranavi. —¿Qué le mandan a decir a Jonathan? —"Pues que siga siendo buen estudiante, que no se desanime, que aquí todos esperamos que venga hecho un doctor"— apunta Lidio, mientras Rosa lo apoya con un gesto de la cabeza. Un dato: en el municipio funciona un hospital con 15 camas y los galenos no sobrepasan los ocho. Vienen los saludos que envían sus hermanos Oscar, Heydi y Lidio Alberto. De casa le mandan a decir que pronto tendrá una hermanita, a partir de una adopción de una niña abandonada al mes de nacida. Para cuando vaya de vacaciones, ya el patio de la nueva casa tendrá los árboles más crecidos y habrá gatos y perros como a él le gustan. Todo lo suyo está en su lugar, acomodado, como acostumbra. ¡Ah! El campo de fútbol queda cerca. Más allá de los recados y de las nuevas buenas, Lidio nos dice: —"Lo importante es que el sueño de mi hijo y de todos nosotros, lo hizo posible Cuba, la Revolución, el amigo Fidel Castro". De regreso, el remoto paisaje resulta nuevamente impactante, sin igual. La aventura vivida en apenas 72 horas asumía un toque de significación humana especial. Y pensé en el Che. Cuando las nubes nos recibían nuevamente en las cumbres de Los Andes, un cóndor pasó volando retando al cielo. Entonces pensé: la solidaridad es una viajera felizmente impenitente, de largas y poderosas alas como el amor mismo que atesora la humanidad.
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