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Augusto Enríquez en el superconcierto de Modena Un cubano en la corte de Pavarotti PEDRO DE LA HOZ Lo que muchos quisieran, entrar en la órbita de los que comparten el escenario con Luciano Pavarotti, lo consiguió, sin ser cantante de ópera ni pertenecer al sistema de estrellas, el cubano Augusto Enríquez a mediados de la semana pasada. Aconteció en Modena, ciudad italiana que en los últimos años ha sido la base de presentaciones de los conciertos benéficos Pavarotti y sus amigos, megaespectáculos transmitidos a medio mundo vía satélite, que han levantado, más allá de su noble destino, las críticas más cáusticas, tanto por los puristas que le niegan la sal y el agua al tenor italiano por desbordar los límites del arte lírico como por quienes han cuestionado la legitimidad artística de algunas de las estrellas del pop convocadas al evento. En verdad, no pocas han resultado ser más figura que genio, únicamente funcionales para atraer a ricos y famosos al palco escénico y enganchar mediáticamente a las multitudes, pero de todos modos estar al lado de Pavarotti y hacer dúos con él levanta expectativas.
Augusto llegó al Palacio de Novi Sad, en Modena, por el reconocimiento que ha ido ganando en el medio musical italiano desde que frecuentaba la península como integrante del grupo Moncada. Tampoco, como apreciaron los que vieron el espectáculo, se hallaba huérfano de avales a escala internacional: un dúo con Paddy Malone en La Habana en ocasión del Music Bridge; una destacada participación en el concierto Help Ruanda, junto a Boyz II Men y Miriam Makeba; colaboraciones con el guitarrista Phil Manzanera, el ex guitarrista de Roxy Music; y experiencias en los principales festivales de la canción en Italia. A todo esto se añadió el todavía caliente Premio CUBADISCO 2002 en la categoría Antología de Versiones, con el CD Carambola, un revival de los mambos de Benny Moré y Dámaso Pérez Prado. Pavarotti se codeó esta vez de voces italianas de notable reputación popular: Zucchero, Gino Paoli, Elisa y Andrea Boccelli, mientras que del extranjero, además de Augusto, figuraron Lou Reed, James Brown, Sting y Grace Jones. Los diarios coincidieron en resaltar como momentos culminantes de la velada el quinteto que hicieron Brown, Zucchero, Boccelli, Elisa y Sting con el clásico de Los Beatles, Hey Jude; y el Miserere que compartió Pavarotti con Boccelli y Zucchero.
Pero el cubano tuvo su baño de gloria según reseñara al día siguiente La Gazzetta di Modena: "Enríquez estaba en el séptimo cielo", e Il Messaggero, al decir: "El temperamento del cantante cubano nos hizo notar a un artista auténtico, que no deja dudas sobre la sangre que pone en el canto". En su intervención como solista, Augusto aportó la diferencia con el tema Carambola, a buena distancia, si se aparta a Boccelli, de la zona pop/ rock de la mayoría de los invitados, y encajó en la difícil propuesta a dúo con Pavarotti, nada menos que Chitarra romana, una pieza antológica del cancionero tradicional romano de los años 30 del siglo pasado, escrita por Eldo Di Lazzaro, popularizada en su tiempo por Carlo Buti, y puesta nuevamente de moda por el divo italiano y su compañero Plácido Domingo mediante los conciertos de la serie Los tres tenores.
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