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Lecturas De todo como en un arca ROGELIO RIVERÓN Se ha hecho natural la escasez de la literatura para niños y adolescentes. Habría que ver si la causa es la demanda, superior a aquella de la que gozan los libros para adultos, o una política editorial que prioriza, realmente, a estos últimos. Me inclino por una combinación de ambos presupuestos y creo lógico, entonces, que escaseen asimismo los comentarios sobre libros infantiles, dicho lo de infantil con propiedad. Los libros para niños se miran hoy en Cuba con orgullo melancólico. Uno quisiera que fueran como el maná de las escrituras, en una fiesta de fantasía profunda y previsora, y celebra con gestos que nos inclinan a ser acríticos cualquier novedad. Pero lo cierto es que la escritura de ficción para quienes crecen se transporta entre nosotros sobre una tradición importante, que supera el lógico retraso editorial. Leyendo ahora El arca de no sé, de Ronel González, he recordado con alguna tristeza los pisos de colores de la casa en que fui niño y feliz. Sé que estoy glosando este poemario de la Editorial Oriente desde mi perspectiva de adulto, pero intuyo a un tiempo lo que sus versos pueden obrar entre sus destinatarios inmediatos. Sutilmente signado por el paso del tiempo El arca de no sé(2001) es un comentario fabulado de la familia y de los sueños de cualquier niño, pero Ronel González lo dota con un lirismo lúcido y puntual. No escojo los adjetivos a la deriva, al menos en este caso. Me gustaría hacer notar la manera en que este libro roza el tema del dolor, sin regodeos innecesarios, pero sin risibles omisiones. Un escritor tiene derecho a inventar una fábula, pero no la moralidad de esa fábula, sentenció, reiterativo, Rudyard Kipling, recordándonos que quien escribe, sobre todo para los niños, desfila al borde de un abismo. El arca de no sé, en versos libres a veces, otras en décimas y otras sobre un tono correntón, elegíaco si lo considera preciso, es capaz de dejar que sus personajes hablen sin grandilocuencia y con seriedad; jocosos o esperanzados, y en ese juego de circunstancias fantasiosas o palpables está siempre la imagen, lo que, tras las palabras, sigue sonando. Me gustaría que mis hijos jugaran con este tipo de libros.
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