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Uno y todos los días SARA MÁS
Como si un solo y pretencioso día pudiera ser espacio suficiente para ese amor primero, incondicional, regresa el ritual mañana. Suele amanecer distinto porque es el momento para el gesto agradecido a ese territorio inicial de la existencia imposible de abarcar en tiempo y espacio, al aliento fundador que nos acompaña siempre, sin saberlo, dondequiera que vamos. Es muchas veces en las dos sílabas de mamá que se nos enreda el aprendizaje de las primeras palabras, en medio del más frecuente llamado de ayuda, atención y reclamo de la primera infancia. Luego crece en significados y dimensiones la lista de sinónimos, porque madre se convierte también en desvelo, cariño, apoyo, regazo reparador, privaciones, ternura, sostén, enseñanza, consuelo, ruta, consejo, refugio, modelo, confianza, entrañable presencia. A ellas, en todas las épocas, les han cantado bardos y poetas. Mayo también suele traerles flores, postales y regalos. Es como reafirmar que nos hace falta ese día de hacer una parada momentánea en el devenir cotidiano para estar más cerca, dedicarles atenciones y abrazos que a veces, entre la premura y el amor sabido, dejamos a un lado. Es volver la mirada atrás, en retrospectiva personal de aprendizajes y añoranzas o extenderla al futuro incierto aún entre los juegos, la inocencia y los dibujos de nuestros propios hijos. Muchas, mañana, compartirán con los suyos satisfacciones, nietos y recuerdos. Para otras, ya ausentes, latirán los mejores pensamientos y remembranzas. Un voto de amor y silencio acompañará a aquellas que las trampas de la muerte o la distancia impedirán ver, tocar y escuchar a sus hijos. Pero en unas y otras latirá, contraviniendo tempestades, ese amor inmenso que, domingo aparte, tira anclas y crece definitivamente todos los días del almanaque. |
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