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Homenaje a la mayor de todas las palabras FÉLIX LÓPEZ Madre, con sus escasas letras, es la palabra más larga de este mundo. En ella se juntan el amor y la vida, la creación y el espíritu. La misma mano que mece la cuna es la que rige el mundo. De ahí viene a la mujer su estirpe fundadora y de allí provienen los conceptos que la han llevado a la cima de la existencia humana: ¿se ha preguntado alguna vez por qué decimos células madres, madre Patria o madre es una sola? Cuando dijimos nuestra primera palabra, o la más hermosa de todas las que existen, no imaginábamos todavía la existencia de frases maternas, siempre protectoras, que nos acompañarían de por vida: "¡Te lo dije!". "Fíjate con quién te juntas". "Es por tu bien". "¡Acuérdate que soy tu madre!". "Eres idéntico a tu padre". "Arregla tu cuarto". "Esto me va a doler más a mí que a tI". "¡Eres lo más grande de mi vida!"... Cada uno podría hacer su propio inventario. Pero todos coincidiríamos en describir a nuestras madres como origen, raíz, principio y causa. Y aunque estén a mil kilómetros de distancia uno tiene la sensación de que nos acompañan, nos miran, aconsejan y cuidan. Estoy convencido de que no hay nada milagroso en ello, excepto que rara vez una madre se equivoca en sus predicciones. Pocas veces, con la rapidez de los almanaques y la vida, nos detenemos a observar que para ellas todo es el doble de difícil. La mayoría se queja menos que nosotros los hombres, pero andan saturadas en su vida diaria, del trabajo al curso de capacitación, de la escuela a la bodega, de la cocina a los detalles del hogar. Una responsabilidad histórica, yo diría que hasta biológica, pesa sobre sus hombros y su vientre. Claro que los tiempos también cambiaron para ellas. Según mi sabia abuela, aquella madre de la década del 50 quedó atrás. La nueva hace mucho salió a demostrar que es tan capaz como el hombre, que puede trabajar de igual a igual, y que la maternidad no es sinónimo de anulación. Yo lo compruebo todos los días, sobre todo en Sara, mi vecina de redacción y de página, que se hizo más útil e imprescindible, justamente cuando trajo al mundo a su pequeña Mariana. Un nombre que, a la altura de este homenaje, me recuerda a los hijos que en todas partes, y a lo largo de la historia, se empinaron a una causa, pero apoyados por el valor y la energía de sus madres. De los Maceo a Juan Miguel González, un largo trecho donde la Patria nos parió una Revolución, y esta última creció, y terminó por engendrar sus propios sueños y sus valerosos hijos. Este domingo, para orgullo de todas las madres, de sus Madres, cinco patriotas cubanos seguirán empinados desde su solitario y cruel encierro en cárceles de los Estados Unidos. Aunque muchos lo ignoren, la dignidad sigue siendo para muchos un regalo sin precio. Y ese es el mayor obsequio que podrían hacerle esos hombres a las mujeres que los engendraron. Más que un regalo, René, Antonio, Gerardo, Fernando y Ramón han venido a recordarnos en este día feliz que Madre y Patria hay una sola. |
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