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Euforia de máscara JOAQUÍN RIVERY TUR
Hay mucha incredulidad en el mundo sobre las afirmaciones oficiales de Washington. Constantemente la realidad revela que una de las tácticas preferidas de los equipos de la Casa Blanca es, cuando menos, velar la verdad. Es increíble su facundia de torsiones verbales y semánticas. Durante todo el año pasado los dirigentes de la economía estadounidense estuvieron tratando de ocultar al mundo los quebrantos económicos de la mayor potencia capitalista y solo a raíz de los atentados terroristas del 11 de septiembre, cuando ya el eco de esas acciones daban un perfil discreto al desastre económico, mencionaron la crisis e incluso reconocieron que el país estaba en recesión desde marzo. Ahora, desde el Tesoro y la Reserva Federal (Hacienda y banco central en otras naciones) se vuelve a la alharaca sobre el alza del Producto Interno Bruto del primer trimestre del año y se intenta presentar un 5% de crecimiento como el futuro anual del país. Indudablemente, solo se trata de la misma estratagema de confundir a la opinión pública, porque las cosas no van tan bien en la economía norteamericana y hay varias señales de ello. ¿De qué forma interpretar el hecho de que el desempleo en abril llegó al 6% de la población activa, la cifra más alta en los últimos siete años y medio? Un mes antes el índice era de 5,7% y el incremento significó la pérdida de 21 000 empleos. Es muy difícil conjugar un alto paro forzoso con la recuperación acelerada de cualquier economía si tenemos en cuenta que mayor desempleo es menos consumo, y menos consumo es menos producción. Otra cifra está dada por el Departamento de Comercio y señala que los gastos de construcción en el mes de marzo tuvieron una baja del 0,9% con respecto a febrero. Si se construye menos, hay también menos empleo y menos demanda de materiales. Caramba, tanta alegría declarativa y el crecimiento industrial se redujo de nuevo. Es más, la Reserva Federal acaba de anunciar que la tasa de interés bancaria se mantiene en la bajísima cota de 1,75%. Se mantiene por el suelo el costo del dinero para estimular su uso, medida clásica de los períodos de crisis. Vayamos un poco más adelante. Si hay una franca recuperación y un crecimiento alto estable ¿para qué los recursos proteccionistas? Una economía boyante, con una productividad preconizada en alza, no debe requerir de legislaciones sórdidas y contrarias a una liberalización del comercio tan reclamada por la Casa Blanca. A pesar de la defensa del neoliberalismo, Estados Unidos acaba de decretar un aumento de los impuestos al acero y de aprobar una reciente ley agrícola que ha obligado a los europeos y a algunos otros países a poner el grito en el cielo. ¿Proteccionismo en lugar de competencia leal y franca? Claro que sí, cuando las cosas andan mal. Imaginemos los condicionamientos que vendrán en el ALCA para América Latina y los incumplimientos norteamericanos sin que nadie los pueda contrarrestar. ¿Se acuerdan del caso de los camiones mexicanos que no pueden subir hacia el Norte y de los vehículos estadounidenses que sí pueden bajar hacia el Sur? Con EE.UU., los convenios y las prédicas funcionan únicamente para los demás. MÁS SEÑALES DE DUDA Los europeos enfrentan hoy otro síntoma peligroso en la guerra de competencia entre monopolios: el debilitamiento del dólar. En todo 2001 la moneda norteamericana se mantuvo fuerte —para muchos incluso sobrevalorada— a pesar de la crisis, y, de repente ha comenzado a debilitarse. Para las economías del Viejo Continente, esto ocurre en un momento nefasto, pues también ellas se han visto seriamente afectadas por la baja económica y un dólar devaluado significa menos competitividad para sus productos encarecidos frente a los artículos rebajados norteamericanos. Un editorial del diario alemán Handelsblatt señalaba hace poco que el ataque de debilidad del dólar "ha causado excitación porque, aunque no se acepte, todos saben que el alto vuelo de esa divisa es un acto en la cuerda floja. Una pequeña oscilación y se puede producir la caída." Y el problema radica en que cada noticia sobre el debilitamiento de la economía de Estados Unidos desencadena una ola de ventas de dólares, y esas noticias negativas menudean. Con esos síntomas, claro, los operadores de divisas huyen de la moneda norteamericana, sobre todo porque los mercados de valores están sobrevaluados y se pierde flujo de capital hacia Wall Street. En esas condiciones, a nadie se le ocurre pensar que el crecimiento anual económico se pueda medir por el 5,8% anunciado para el primer trimestre. El pronóstico hecho por la Comisión Económica de la ONU para Europa (abarca también a Estados Unidos) se reduce a un 2,25 % para el 2002 y no se puede decir todavía que se cumplirá. En todo caso, una visión un tanto panorámica del comportamiento de la economía no induce a pensar en futuros tan radiantes. Los resultados del primer trimestre podrían significar para EE.UU. lo mismo que las mejorías repentinas para ciertos enfermos de cuidado, que a veces tienen una recuperación ostensible antes de caer en la gravedad y, para disimular, la Casa Blanca está empleando la euforia de máscara. |
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