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El socialismo cubano es invencible porque encuentra su origen en lo más hondo de nuestra historia Palabras pronunciadas por el compañero Ricardo Alarcón de Quesada, miembro del Buró Político y Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en la presentación del libro "Martí y Marx en el Socialismo de Cuba", de Armando Hart y Raúl Valdés Vivó. Memorial José Martí, 4 de mayo del 2002. Descargar texto completo compactado en Winzip8.0
Llevar la teoría a la realidad requería la acción revolucionaria y esta enfrentaba obstáculos que parecían insalvables. Para muchos criollos cultos y acomodados era una verdad irrefutable lo que Saco sintetizó con estas palabras: En Cuba, donde no hay otra alternativa que la vida o la muerte, nunca debe intentarse una revolución, sino cuando su triunfo sea tan cierto como una demostración matemática. En nuestras actuales circunstancias, la revolución política va necesariamente acompañada de la revolución social; y la revolución social es la ruina completa de la raza cubana. Aunque hablaba de "raza cubana", Saco expresaba en realidad la angustia del sector reformista de un grupo social, la clase de los hacendados criollos, que no fue capaz de encabezar el movimiento nacional, ni siquiera intentó hacerlo. Esas "circunstancias", a las que él aludía, eran las de un territorio que había quedado separado del movimiento que puso fin al resto del Imperio español en América, y donde el colonialismo se aferraba con mayor fuerza e intensidad y sobre el que ya recaían las pretensiones expansionistas de Estados Unidos. Esa clase no pudo desempeñar el papel histórico que habían realizado sus homólogos en tierra firme medio siglo antes. No podía dirigir a las grandes masas de esclavos africanos ni a los chinos y otros importantes núcleos poblacionales sometidos a servidumbre. Era imposible convertir la colonia en una república oligárquica basada en la injusticia y la exclusión. Por perpetuar sus privilegios, gran parte de sus amigos promovían la anexión de Cuba a los Estados Unidos, peligro que combatió el angustiado bayamés. Pero él tampoco pudo superar sus limitaciones de clase y sus prejuicios raciales. La revolución social, necesaria, inevitable, no sería la ruina de nuestra raza, sino su partera. Cuba aparecía rezagada ante la evolución continental, pero en realidad se le adelantaba. El retraso cronológico había creado una circunstancia distintiva, única, que habría de colocarla en verdad en una posición de vanguardia. Aquí el esfuerzo separatista tendría que ser, a la vez, una revolución política y una revolución social y esta debería tener, también inevitablemente, una orientación antiimperialista. Al iniciarse esa revolución otro ilustrado reformista habanero, José Manuel Mestre, la definió de este modo: Nunca se ha encontrado —Cuba— más cerca de una verdadera revolución social y socialista. Una visión dogmática probablemente encuentre desmesura en esa descripción de Cuba el 24 de octubre de 1868. Sin embargo, bien miradas las cosas, Mestre tenía razón: comenzaba una verdadera revolución social en la que están los cimientos del socialismo nuestro. En las raíces de esa revolución hay rasgos fundamentales, no siempre suficientemente estudiados, en los que Cuba no iba precisamente a la zaga de la América independiente. En otras oportunidades me he referido con algún detalle a un aspecto singular de nuestra Revolución en su etapa más temprana. No solo la distinguió el gesto inicial de la emancipación de los esclavos convertido después en norma abolicionista. A ellos y a todos los demás siervos restituyó su natural calidad de hombres libres, ejercitando su personalidad con toda amplitud, gozando de los mismos derechos civiles y políticos que los demás ciudadanos con perfecta igualdad. Cuando Céspedes decretó tan radical medida, que sería fundamento de la organización democrática de la Cuba mambisa, en ningún país del planeta se reconocía, siquiera formalmente, la igualdad de derechos a todos sus ciudadanos. Nunca antes se había llevado a la práctica nada semejante en términos de inclusión y participación ciudadanas, algo por lo que tendrían que seguir luchando hasta hoy los trabajadores y los incontables excluidos en casi todo el mundo. Por otra parte, el movimiento obrero cubano estaba entre los tres más antiguos de América Latina, tenía un carácter más estructurado y amplio y había realizado huelgas desde 1865. Ese año en Cuba apareció el primer periódico obrero de América Latina y desde esa fecha hasta el final del siglo, se publicó aquí una treintena de publicaciones obreras a pesar de las limitaciones materiales, la represión y la guerra. Sindicatos y periódicos también se establecieron en la emigración donde los tabaqueros y artesanos constituyeron la base fundamental del movimiento patriótico sin dejar de defender sus derechos como ilustró la huelga de 1875 que se inició en las tabaquerías de Nueva York y se extendió a casi todos los talleres de Cayo Hueso. El naciente movimiento obrero cubano, no fue ajeno a la lucha por la independencia. Los colonialistas lo persiguieron, prohibieron sus organizaciones y clausuraron sus periódicos. El decreto del 12 de febrero de 1869 del general Dulce que sintetizaba la feroz represión desatada como respuesta al 10 de Octubre, incluía entre los graves delitos de infidencia, junto a la insurrección a las coaliciones y ligas de jornaleros y trabajadores. El sindicalismo cubano protestó por la condena a los mártires de Chicago y llevó a cabo diversas acciones de solidaridad. Cuba fue uno de los tres países latinoamericanos donde se celebró en 1890 el primer desfile del Primero de Mayo. A las manifestaciones y luchas obreras dedicaría espacio en sus Memorias el general Polavieja cuando recordaba las dificultades que encaró durante su mando en Cuba. No se trata solo de la temprana aparición de un movimiento sindical que levantaba sus reivindicaciones y difundía sus ideas en el país donde era mucho más difícil hacerlo bajo un régimen colonial militarista y violentamente represivo, en una sociedad envilecida por la esclavitud y el racismo, en medio de la guerra más cruenta y prolongada. Importa subrayar algo que no debe olvidarse: la conciencia proletaria organizada surge al mismo tiempo que el movimiento nacional liberador y con él habrá de vincularse estrechamente. Estará presente en Cuba y en la emigración, con los mártires del 9 de abril de 1869, con los combatientes del Virginius; serán los obreros el sustento principal de la emigración patriótica, recolectando de sus míseros jornales los fondos necesarios para la guerra y combatiendo resueltamente a la camarilla anexionista, lo serán desde el primer momento como consta en la correspondencia de Ana de Quesada con el Padre de la Patria y lo serán hasta el final, durante treinta años en que al decir de Máximo Gómez: la última tabla de salvación para los combatientes lo fue siempre la chaveta del tabaquero. José Martí asumió esa revolución desde su adolescencia, la defendió con apasionada convicción en su Vindicación de Cuba y en sus memorables discursos en homenaje al 10 de Octubre y a él correspondió desarrollarla, dotarla de su Programa y su Partido. Si Mestre descubrió los signos de socialismo al comienzo de la epopeya, correspondió a otro anexionista, José Ignacio Rodríguez, denunciarlo como causante de la derrota treinta años más tarde. Juzgó despectivamente al Partido Revolucionario Cubano como un movimiento improvisado y destinado a fracasar miserablemente, porque sus miembros eran pobres los más de ellos de la clase obrera, blancos y negros, de Cayo Hueso, Tampa, New York, Philadelphia y alguna otra ciudad de la Unión. En su vicioso ataque a Martí, Rodríguez señala que el Apóstol a los cubanos que tenía cerca de sí, especialmente a los pobres y más ignorantes, los ayudaba en sus necesidades, y les daba clases por las noches, enseñándoles gratuitamente a leer, a escribir, etc, etc., y a todos y de todos modos, en cuanto estaba a su alcance, les predicaba el odio a España, el odio a los cubanos autonomistas... el odio al hombre rico, cultivado y conservador... y el odio a los Estados Unidos de América. Según Rodríguez toda la carrera política de Martí estuvo inspirada por un pensamiento eminentemente socialista y anárquico... que más tarde dominó en el fondo, en la revolución que se debió a sus esfuerzos. Habría que luchar mucho todavía hasta alcanzar el triunfo de la Revolución. Mucho habrá que luchar para seguir impulsándola y para defenderla. El socialismo cubano es invencible porque encuentra su origen en lo más hondo de nuestra historia, en el nacimiento y la forja de nuestra identidad como pueblo. Porque no es calco ni copia, sino creación heroica como reclamaba Mariátegui. El libro que hoy presentamos nos acerca a Martí y a Marx vistos desde la actualidad. Ambos son portadores de un mensaje que tiene ahora más vigencia que nunca. Hace diez años cuando muchos celebraban el derrumbe de una experiencia socialista europea, no eran pocos los pensadores de derecho que, particularmente en Estados Unidos, expresaban su alarma. Un teórico frustrado apreciaba que el marxismo vive y goza de buena salud entre los intelectuales de allá. Otro, un premio Nobel, anotaba que el marxismo quizás esté desacreditado en Europa Oriental, pero todavía parece florecer en Harvard. Al extender su dominio a escala planetaria y al desplegar hasta el extremo su explotación del hombre y la naturaleza, el capitalismo ha creado las condiciones que hacen posible derrotarlo y superarlo. De sus escombros surgirá otro mundo donde prevalezcan la libertad y la solidaridad de hombres y pueblos iguales en el que tanto Marx como Martí sonreirán juntos y finalmente triunfadores. |
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