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Libertad de prensa del pueblo y para el pueblo
ERNESTO VERA Cada día y en cada momento, hasta donde llegan las señales de los medios más modernos, sin la menor regulación o ley que lo impida se trata de engañar a la inmensa mayoría de la humanidad sobre los hechos noticiosos e informaciones y sus causas y consecuencias. La hermosa palabra libertad le sirve de fundamento. También como resultado de esas acciones concertadas de alcance mundial reina la injusticia, tienen más hambre y miseria los pueblos, mueren masivamente los que pudieran salvarse, el genocidio se exhibe con faz humanitaria, las bombas lanzadas se acompañan con la burla de bolsas con alimentos, la ignorancia y la incultura son promovidas a todo color, la inteligencia, dignidad y realidad social del ser humano son agredidas en forma sutil o brutal sin pausa, permanentemente. Libre flujo informativo y libertad de prensa del gran empresariado son los cómplices indispensables del poder imperial y favorecen conscientemente el crecimiento del crimen y el dolor sufridos por la mayor parte de los hombres y mujeres, en especial niños, en todo el orbe. El flujo sin reflujo, en una sola dirección, más la libertad ejercida por el dinero, nada tienen que ver con el derecho de los pueblos a la información y al carácter social de ese derecho que, nacido de la libertad de expresión y, sin abandonarla, alcanza plena autonomía en función del carácter masivo de los medios. Hoy no se trata solo de reconocerlo como un derecho individual, sino de ejercerlo como un derecho social, elevado a un servicio público que ha sido secuestrado por la empresa comercial y la publicidad del mismo orden que lo mantiene y desnaturaliza. La mutilación de ese derecho privilegia a los medios y cercena al del pueblo de ser verazmente informado e informar. Los organizadores de la mentira asumen una culpabilidad que rebasa la violación moral y ética para convertirse en delito de lesa humanidad. En lo esencial son tan genocidas como los que ordenan accionar las bombas inteligentes e imponen el régimen cruel y excluyente neoliberal con carácter global. Sabios en la técnica de mentir, rechazan todo lo que puede oponérseles, sobre todo defienden la ley suprema y mejor representada para ellos en la que no existe, mientras reclaman bases jurídicas para obtener frecuencias, canales, exención de impuestos de importación y hacendísticos. Si quedaba algo por imponer ya fue concretado en los últimos años al considerar a la ley contra los monopolios de prensa y el derecho del pueblo a la información veraz, como "atentados a la libertad de prensa". La OEA y la SIP se han encargado de definir y decidir en ambos casos, sin la menor señal de respeto para nadie, en nombre de los Estados canallas —con Estados Unidos a la cabeza— para apuntalar a la dictadura universal que se pretende establecer. Una sola voz en muchos mundos, en lugar de un mundo con muchas voces, es lo que prevalece de manera creciente como manifestación "democrática" de los que se han opuesto tenazmente al Nuevo Orden Internacional de la Información y la Comunicación (NOIIC). La simple discusión de este no fue soportada por Estados Unidos e Inglaterra, retirados por ello de la UNESCO desde hace muchos años. Si hubo razones contundentes para luchar por el NOIIC, las de hoy son mayores que hace más de dos décadas. Nunca como en nuestros días ha sido mayor el complot de la barbarie del terror militar de Estado y el de los medios transnacionales, en maridaje bochornoso de bombas asesinas y palabras convertidas en crímenes. Nuestros argumentos tienen las bases de los hechos, de la realidad objetiva, la comprobación en la práctica de las violaciones más diversas de la verdad en cada acontecimiento y en todo lo esencial difundido o silenciado. La prueba mejor es cómo ese llamado poder mediático imperialista no respeta uno solo de los principios del Código Internacional de la Ética Periodística promovido por la UNESCO en 1983 y aprobado ese año por todas las organizaciones internacionales y regionales de periodistas. Dos de sus diez principios nos dan los mejores ejemplos de lo que decimos. El título del octavo: "Respeto de los valores universales y la diversidad de las culturas". Su contenido expresa: "El verdadero periodista defiende los valores universales del humanismo, en particular la paz, la democracia, los derechos del hombre, el progreso social y la liberación nacional, y respetando el carácter distintivo, el valor y la dignidad de cada cultura, así como el derecho de cada pueblo a escoger libremente y desarrollar sus sistemas político, social, económico y cultural. El periodista participa también activamente en las transformaciones sociales orientadas hacia una mejora democrática de la sociedad y contribuye, por el diálogo, a establecer un clima de confianza en las relaciones internacionales, de forma que favorezca en todo la paz y la justicia, la distensión, el desarme y el desarrollo nacional". Titulo del noveno: "La eliminación de la guerra y otras grandes plagas a las que la humanidad está enfrentada". Su fundamentación es la siguiente: "El compromiso ético por los valores universales del humanismo previene al periodista contra toda forma de apología o de incitación favorable a las guerras de agresión y la carrera armamentista, especialmente con armas nucleares, y a todas las otras formas de violencia, de odio o de discriminación, especialmente el racismo". La muestra de solo el veinte por ciento de los principios internacionales es suficiente para comprobar el rechazo de los grandes medios internacionales y sus cómplices locales a todo lo que signifique ley, regulación y código ético. La no existencia de ellos hace del secuestro de la libertad de prensa el engaño más extendido, casi indiscutido, de carácter universal. Esa práctica ha sido precursora históricamente del alejamiento ético en nuestros días de los valores políticos, económicos, sociales, militares, culturales y humanísticos por parte del poder imperial dominante y de sus lacayos, como se manifiesta hoy, desvergonzadamente, en buena parte de los gobiernos indignos en la región latinoamericana. No en balde los principales magnates empresariales —el mercado mediático mundial ha acabado dominado por las ocho corporaciones transnacionales que rigen en los medios de Estados Unidos: ATT/Liberty Media; Disney; Time Warner; Sony; News Corporation; Viacom y Segram, además del gigante alemán Bertelsman—, consideran a su "libertad de prensa" como la primera de las libertades, de la que se derivan las restantes que integran la supuesta sociedad democrática prevaleciente, hoy más perversa y excluyente, racista y terrorista, que nunca antes. Y tienen razón: la mentira impune y universal de esos medios solo es comparable con la dictadura fascista del señor Bush, al proclamar que hay que estar con él o con el terrorismo. Ante el hecho indudable de la capacidad de engaño del poder mediático se ha llegado a decir que es por ello superior al poder político. Sin negar el daño que causa, es también legítimo plantear que todo depende de la cualidad de esos y los otros poderes. De ser, por ejemplo, el poder político revolucionario, muy difícilmente puede ser derrotado por más fuerte que sea el agresor. Durante más de cuarenta años el pueblo cubano ha enfrentado con éxito todas las campañas del enemigo imperial. Desde la Operación Verdad, al surgir la Revolución triunfante, hasta las marchas del pueblo combatiente, han fracasado todos los intentos del más poderoso sistema de propaganda que haya existido jamás. Hace muy poco, las calles de Venezuela se llenaron de periodistas de nuevo tipo, en cada hombre y mujer dispuestos a arriesgar sus vidas para salvar el proceso revolucionario bolivariano y vencieron también. Desde hace más de un cuarto de siglo se inició en América Latina la respuesta organizada de los periodistas al viejo concepto empresarial de la libertad de prensa, al fundarse la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP). En la convocatoria se hacía mención al primer llamamiento de los colegas en 1951 al señalar que "se ha evidenciado así el anhelo que anima a los periodistas latinoamericanos, que consiste en un profundo deseo de superar el aislamiento en que hemos permanecido durante décadas, y que ha permitido que los empresarios de la prensa, asociados a la corporación denominada SIP, usurparan la representación de los periodistas y se permitieran emitir juicios respecto a la libertad de prensa". La actualización de esa lucha se manifiesta en los vínculos de apoyo de las organizaciones de periodistas y las organizaciones sociales. Ese movimiento se desarrolla hace años en varios países latinoamericanos —Argentina, México y Guatemala, entre ellos— que se convierte en la práctica en el reclamo del derecho social del pueblo a estar verazmente informado, lo que significa la vigilancia de la sociedad al ejercicio de la ética profesional periodística en los medios. El último congreso de la FELAP acordó el Manifiesto por un Nuevo Periodismo, que en uno de sus párrafos precisa lo más esencial: "En este llamamiento rechazamos el rol que nos pretende asignar el `manual' de la deontología neoliberal. Y, a la vez, nos sumamos a todos los periodistas del mundo que resisten y desde la reflexión y la acción intentan nuevas experiencias por la construcción de un periodismo que no quede condenado a ser la polea de transmisión del modelo informativo y comunicacional impuesto por los dueños del dinero. Queremos compartir, pues, sin exclusiones, el desafío de recuperar enteramente el lugar de las utopías negadas por quienes procuran hegemonizar para siempre el campo de las ideas." Tres párrafos del congreso de periodistas latinoamericanos y caribeños, celebrado en La Habana, dan rumbo específico al combate central: "Nuestro criterio de que los grandes medios de comunicación, bajo control oligopólico, juegan un papel determinante en la imposición de la política militarista, mediante una propaganda masiva que, basada en la desinformación, la censura y la autocensura, la manipulación y los silencios, aspira a consolidar el pensamiento único en una escala universal y sin fisuras." En nuestra región se tendrá que escuchar cada vez más la información escrita por el pueblo, en las calles, dándole así verdadero sentido a la libertad de prensa surgida con la independencia de las naciones de la Patria grande. En esa intercomunicación con los medios, la verdad no podrá seguir siendo secuestrada por el poder del capital y prevalecerá como la luz propia mayor que encienden los pechos de los hombres y mujeres honestos y dignos. Los periodistas fieles a sus pueblos estarán en primera fila y los honrarán con tecnologías modernas o artesanales, pero no se detendrán. Seguirán el ejemplo del sacerdote mexicano José María Cos, quien hace 190 años fundó el periódico independentista Ilustrador Nacional, con las letras que talló con sus propias manos y el añil de teñir vestidos que sustituyó a la tinta inexistente. Del patriotismo revolucionario que permitió la independencia de nuestras naciones latinoamericanas surgió la libertad de prensa verdadera. A esos valores y a ella nos debemos sus periodistas. |
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