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El recital de Marcus Kretzer Piano, sabor y control PEDRO DE LA HOZ
No hablamos de un pianismo virtuoso, que se apoya en la brillantez y el impacto emocional, ni de un puro desarrollo de las grandes líneas de estilo a manera de marca personal. Los nuevos pianistas de la raza de Kretzer trabajan los detalles que se esconden en la partitura, iluminan el interior de cada frase, prestan atención a los engranajes de cada articulación, persiguen la perfección de la dinámica. En el caso de Kretzer se hizo evidente un largo proceso de relectura crítica de los tópicos pianísticos recurrentes, desde el barroco alemán (Bach) hasta la modernidad nacionalista española (Albéniz), con énfasis en el costado más efervescente y exaltado del romanticismo (Chopin, Liszt, Rachmaninov, solo faltó Schumann), para demostrarnos otra verdad: que no hay motivo para el éxtasis ni la sublimación a la hora de encarar a estas alturas ese repertorio. Detrás de un Bach sereno, de sonido amplio, hermosamente articulado —aunque nada como el violín para llegar al fondo de la chacona de la Partita en re menor, BMW 1004—, Kretzer rompió el esquema chopiniano habitual con su versión de cuatro de las Mazurcas op. 30. Entre la construcción intelectual y límpida de Pollini y la exuberancia pasional de Marta Argerich, es posible esta tercera posición, en la que cada una de esas piezas es tratada como lo que son, miniaturas de salón. Todo lo contrario del popular Scherzo en la menor op. 31, que exige un vuelo mayor. Las piezas de la suite Iberia, de Albéniz, seleccionadas por Kretzer le hicieron lucir su paleta cromática y la gracia del toque, mucho más en Rondeña y Evocación que en Triana. Faltó algo de sabor, de sutileza rítmica en ese momento final. Impresión rápidamente borrada al acometer las versiones de Rachmaninov sobre dos de las más populares melodías del vienés Fritz Kreisler, Pena de amor y Dicha de amor: La variedad de los difíciles recursos expresivos con que Rachmaninov vistió esos temas rayanos con el kitsch fueron plenamente interpretadas por la sabiduría de un pianista extraclase, quien combinó técnica e imaginación, juego y pasión en dosis apropiadas, como las que sazonaron su ejecución de las famosas y por otros muy maltratadas Variaciones sobre un tema de Paganini, de Liszt, y la archiconocida y también muchas veces estereotipada Polonesa, de Chopin. Es que la altura artística de Kretzer se corresponde con la de un pianista que cree en el arte más que en los aplausos. |
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