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Tras las piedras, el verso ROGELIO RIVERÓN Más de una idea podemos hacernos ya de las llamadas colecciones municipales, especie de sello con que las editoriales de cada provincia facilitan la publicación de libros que, por diversas razones, hubieran retrasado su nacimiento en las circunstancias a que estábamos acostumbrados. Lo cierto es que estas colecciones han dado al conocimiento público no pocos libros de calidad, y al panorama literario nacional una agilidad como para celebrar. De la colección Tarot, de la tunera editorial Sanlope recibo ahora el decimario Últimas piedras contra María Magdalena, escrito por Nuvia Estévez. Sostiene el editor del poemario que sus versos escandalizarán a los puritanos, pero uno comprenderá sin mucho esfuerzo que ha tenido en cuenta apenas el acto de seleccionar un tema, no su ejecución por obra y gracia de la imagen. Nuvia Estévez, pienso ahora, escribe con un arrojo que puede movernos al asentimiento, aunque más asentiríamos si ese arrojo fuera plural: capaz de florecer sobre las ideas y sobre la abstracción poética. Bellas décimas eróticas rondan la esencia de Últimas piedras contra María Magdalena, un libro que, sin embargo, parece dar prioridad a lo que debe declarar, en perjuicio de su solidez como hecho estético. Porque, ¿cuánto de original hay en realidad en su postura, sea esta feminista o de cualquier otro rango? La valentía en un caso como este se encuentra, quizás, al otro lado de lo que uno se propone como artista, no en la inmediatez de su ejecución. Últimas piedras contra María Magdalena navega bien en su estilo coloquial, urde su simbolismo con un rencor juguetón, pero después resulta como si no supiera a dónde seguir con su mordacidad. Tengo la impresión de que algunas palabras llegaron a sus versos obligadas por una rima apurada, como a llenar un vacío sin importancia, pues ya la idea flotaba en otra estrofa. Este recurso, en su excesiva autonomía, puede inclinar demasiado el poemario hacia una grandilocuencia no buscada, hacia un tono desde el que se avizora como un islote de cursilería. Convertir una opinión en un hecho público resulta para algunos ofensivo, si la opinión contiene algún señalamiento. La reseña de un libro como acto de representación, es decir, como un performance tiene, sin embargo, una zona de amabilidad, literalmente de dedicación, puesto que quien ejerce el derecho de opinar admite de modo automático que algo lo ha impulsado a dialogar con ese libro. No he leído a Nuvia Estévez gracias al supuesto reto a duelo de sus temas, sino en sintonía con una cadencia que supongo sensual, de una bella tensión interior. Si no estoy exagerando y algo hay que perturba la sincronía de todas las voces de Últimas piedras contra María Magdalena, lo veremos disipado de seguro en los próximos poemarios de Nuvia. |
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