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Escena lunar ANDRES D. ABREU Viajar a la Luna es una pretensión humana tan antigua como la historia misma del hombre, y aunque la llegada de los primeros terrícolas al astro más cercano a nuestro planeta se convirtió en una realidad gracias a la ciencia y la tecnología el 20 de julio de 1969, la posibilidad de besar la luna continúa siendo un imposible para la mayoría de los mortales, incluso a la entrada de este siglo cuando los viajes espaciales ya se anuncian como una nueva oferta turística a costos multimillonarios.
Para su suerte, el hombre, en sus empeños cotidianos, busca en la imaginación la realización de lo imposible y crea con arte caminos que acortan la distancia hasta sus quimeras. Suerte para los humanos la de haber tenido estancias en el espacio con la literatura de Julio Verne (1828-1905) o la cinematografía fundacional de Georges Mèliés (1861-1938), y suerte también para aquellos que, sin ir más lejos, durante las recientes funciones del Ballet Nacional de Cuba alcanzaron pasajes (a precios módicos) para Un viaje a la Luna propuesto desde una obra danzaria, coreografiada por la directora general de la compañía, Alicia Alonso. La idea se apropia de la experiencia de los personajes teatrales de Il mondo della Luna —drama creado por Carlo Goldoni en 1750— traídos por el guionista José Ramón Neyra a este nuevo alunizaje en la que también encontró espacio la música creada por Giuseppe Verdi (1813-1901) para los ballet de sus óperas Jerusalén y Las vísperas sicilianas. Alicia escogió el año 1902 como punto de lanzamiento de su Un viaje... para hacerlo coincidir con el filme Voyage dans la Lune, de Mèliés, que se convierte en cita central de la estructura dramática de la obra y permite anudar en ella toda la carga de intertextualidades que caracteriza a esta comedia-ballet. Como buena conocedora de los estilos y la historia de la danza, la coreógrafa juega con tales elementos. Así, en el primer cuadro, donde se prepara la gran broma, se refuerza el ballet de acción y todos los personajes asumen el demi-caractere o el carácter como registro expresivo —tal vez por ello en la interpretación de los conflictos entre el señor Nicomegas y sus hijas enamoradas se nos reflejan algunos momentos de La fille mal gardée—, mientras que en el cuadro final sobre la superficie lunar, el baile se vuelve preponderante y muy dinámico en ejecuciones técnicas complejas y la coreografía se acerca más a las ideas de Fokín y al neoclasicismo, e incorpora movimientos teatrales que funden la acción con un sentido humorístico de lo futurista. Sin embargo, la excelente solución como puesta en escena de la entrada del cinematógrafo y la proyección del filme de Mèliés para lograr el embaucador y festivo viaje de Nicomegas a la luna que unifica estos dos cuadros, constituye el más alto momento dramático de la obra y ello conlleva a que el final de Un viaje... tienda a una discreta opacidad. La ejecución de la nueva coreografía encontró un desempeño muy integral en Anissa Curbelo, como Madeleine la sirvienta y Selene, emperatriz de Luna, y la experiencia histriónica de José Zamorano para el Monsieur Nicomegas. Por otra parte, le permitió a la compañía continuar su actual labor de formación de los nuevos valores incorporándolos en personajes dotados de protagonismo. En ello se destacaron Romel Frómeta (Jean y Mercurio) y Miguelángel Blanco (Pierre y Marte) y en menor altitud Anette Delgado (Venus) y Yolanda Correa (Thoris). El cuerpo de baile danzó muy bien en el espacio sideral recreado sobre la Sala García Lorca por el diseñador Ricardo Reymena, quien se ganó una muy merecida ovación. Su concepción de los decorados y vestuarios partió de la sobriedad y fue incorporando con inteligencia los elementos necesarios a cada escena hasta llegar a una impactante y fastuosa atmósfera lunar donde se representó el sueño maravilloso de Alicia: el Ballet Nacional de Cuba se convirtió en la primera compañía en bailar en la Luna.
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