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22/04/2002
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Lecturas

Paisajes transparentes

ROGELIO RIVERÓN

CON ALGÚN retraso comienzan a aparecer los cuadernos que obtuvieron el premio Pinos Nuevos, del Instituto Cubano del Libro, en su última convocatoria. Este proyecto editorial, que algo se ha desvirtuado desde su nacimiento en 1994, ha tenido la suerte de ir presentando hornadas de escritores que después no es raro que se hagan de un espacio de respeto en las planicies de nuestras letras. Los autores de Pinos Nuevos han sido algo así como los novatos en los equipos de la Serie Nacional, especie de prospectos —para decirlo con una sospechosa palabreja— que tendrán tiempo para entusiasmarnos o para defraudarnos.

Me ha llamado la atención, entre los libros de la más reciente edición de Pinos Nuevos, el poemario Los territorios de la muerte, de Liudmila Quincoses Clavelo (Sancti Spíritus, 1975). A decir verdad, no se trata de una poetisa inédita, ni tienen que serlo estrictamente los acreedores de este premio. Aún es posible recordar su primer cuaderno: Un libro raro, que anunciaba un estilo como de claroscuros, un emplazamiento a la pasión que linda con lo religioso, pero no se complace en ello. Ahora me parece que Los territorios de la muerte es otra manera de zanjar la tensión entre la autora y su idea de lo místico, una forma de arreglar cuentas con la inmortalidad, pero aceptada la pequeñez del hombre.

Humildad y belleza se cruzan en este libro, se entorpecen a veces, pero al final, creo, se impone la entonación de Liudmila como una cronista de la paciencia, como alguien que ha entrevisto una serenidad que no le pertenece. Puesto a nombrar, mencionaría el poema Hécate, hacia el final del cuaderno, ungido con un simbolismo breve, convincente.

Los territorios de la muerte, comprendemos después de meditarlo, son en realidad campos de vida, aunque insistan en advertirnos sobre algunas incertidumbres. Liudmila Quincoses baraja a su modo sigiloso los símbolos del cristianismo, los confunde a propósito en una liturgia personal, hecha de cultura y atrevimiento laico, aunque yo reconozco que no será por eso que guste su libro. En él nos hablará primero el ritmo que lo que concluyamos más tarde; antes la cadencia de sus versos reflexivos, la inquietud de sus ideas que vuelan a ras de insolubles nostalgias. Leerlo es parecido a evocar viejos salmos.

 

22/04/2002

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