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21/04/2002
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No vale un aplauso matar diez personas en un minuto

Declara Liv Ullmann en La Habana al criticar el cine hegemónico en el mundo

Pedro de la Hoz

"No vale un aplauso matar diez personas en un minuto", expresó Liv Ullmann al pedírsele un juicio sobre la producción cinematográfica prevaleciente en el mundo. Mucho más específica, explicó que "Hollywood me salvó; hice tres o cuatro películas, comedias no muy buenas y gracias a eso me liberé y pude ser la que soy."

Firme, con su serena belleza espiritual, la noruega Liv Ullmann se presentó a la prensa cubana ayer, pocas horas antes de la proyección de la cinta Infiel, su más reciente producción como directora y punto de partida del ciclo de su filmografía en La Habana, Santiago y Guantánamo. Esta mujer está bien lejos del estrellato. Respuestas inteligentes, agudas, caracterizaron su diálogo con los periodistas.

Foto: ARNALDO SANTOSUllmann y Skouen ayer en La Habana.

De tal modo manifestó no considerarse feminista, aunque aborde la temática de la mujer —"ser feminista es perderse la mitad de las cosas en este mundo"—; explicó el sentido de su profunda identidad con el sueco Ingmar Bergman, quien la incitó a actuar libremente: y confesó haber asimilado los códigos brechtianos a la actuación fílmica.

A Cuba llegó, según sus palabras, en el momento preciso y declaró sus expectativas de conocer a Fidel Castro. "Puedo afirmar —informó— que entre mis planes está realizar una película sobre un prodigioso violinista noruego, una suerte de Paganini nórdico, que estuvo en Cuba en el siglo XIX en medio de las revoluciones por la libertad de la Isla y fue a parar a Estados Unidos, donde hizo un concierto para recaudar fondos para las familias de las víctimas de la represión colonial. Me gustaría filmar en Cuba ese momento de su vida".

SKOUEN, UN DIRECTOR MÍTICO

El homenaje a Liv Ullmann se hará extensivo a una figura extraordinaria, quien compartió con ella la rueda de prensa de ayer, una figura mítica de la cinematografía mundial, el director noruego Arne Skouen.

Posiblemente sea Skouen uno de los cineastas vivos más antiguos del mundo, puesto que nació en 1913. Su gran mérito no está, sin embargo, en los veinte años detrás de la cámara —filmó su última película treinta y tantos años atrás porque "en el periodismo hallé la forma de reflejar con inmediatez mis inquietudes sociales"—, sino en un ejercicio estético ejemplar que lo sitúa a la vanguardia de la cinematografía de su país y uno de los responsables de su trascendencia internacional por encima de la trama comercial hegemónica en el séptimo arte.

Hoy Skouen presentará al público capitalino, a las 8:00 p.m. en la Chaplin, su filme de 1969, An-Magritt, protagonizado por Liv Ullmann y Per Oscarsson. Los ribetes épicos de la historia de una muchacha del siglo XVII, que lidera una protesta social en medio del más rancio medio feudal, está narrada con un estilo vigoroso y, a la vez, ponderado.

Cuando realizó este filme, Skouen ya era un patriarca en la cinematografía nórdica. En los 40, luego de la guerra, las necesidades expresivas del todavía joven periodista, que llegó a tener renombre en la prensa liberal, y del narrador que iba cimentando una obra admirada por su agudeza, se volcaron hacia el cine en películas como Niños de la calle (1949, basada en una novela propia).

Pero su gran momento internacional vendría en 1957 con Nueve vidas, un drama bélico que consiguió por primera vez la nominación de un filme noruego al Oscar. Sobre ese momento dijo ayer: "Es un espectáculo hermoso, pero solo un espectáculo, no te hace mejor ni peor".

De su obra ha dicho el crítico Per Haddal que "no cabe nunca dudar de su intención dialéctica ni tampoco de su excepcional aplomo formal", y destaca un talento puesto en función de "obras polémicas sobre temas actuales en forma documental".

 

21/04/2002

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