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A 110 años de su proclamación
Partido Revolucionario Cubano: IBRAHIM HIDALGO La fundación del Partido Revolucionario Cubano estuvo determinada por causas profundamente enraizadas en el desarrollo del movimiento independentista de la mayor de las Antillas. La naturaleza de sus propósitos y el pensamiento que lo guió tuvieron su génesis en las experiencias de las guerras de los Diez Años (1868-1878) y Chiquita (1879-1880), así como en los intentos insurreccionales posteriores, ninguno de los cuales logró sobrepasar la fase conspirativa o de pequeñas acciones bélicas.
José Martí vivió intensamente cada uno de estos hitos de la azarosa marcha del pueblo cubano en la búsqueda de la libertad, y fue capaz de unir el resultado de sus experiencias al estudio integral de los fenómenos socio-políticos nacionales y continentales en una síntesis que fue base conceptual y guía de su quehacer patriótico. No fueron menos importantes para la formación de sus ideas sobre la organización revolucionaria las experiencias de su activa participación en la vida política y cultural de México, Guatemala y Venezuela, así como el profundo estudio de la realidad de los Estados Unidos, donde residió durante quince años. Este conjunto de vivencias y razonamientos fue plasmado práctica y conceptualmente en lo que constituye uno de los mayores aportes del dirigente cubano al patrimonio político universal: el Partido Revolucionario Cubano, cuya proclamación se efectuara el 10 de abril de 1892, precisamente y no por casualidad, el mismo día en que los cubanos conmemoraban la República en Armas, surgida 23 años atrás en la Asamblea de Guáimaro. Con su estructura y métodos de dirección, el PRC posibilitaba, al unísono, la preparación de la guerra de liberación nacional contra el colonialismo español y la creación de las condiciones que garantizarían, desde la etapa de gestación de la contienda, la fundación de la república nueva sobre las ruinas del régimen opresor. La organización se regía por sus Bases y Estatutos secretos, que constituían el programa y las normas de su vida interna, documentos que eran discutidos por los miembros de cada agrupación de base, y de cuya aprobación dependía el ingreso al Partido. En cada localidad los independentistas se unían en clubes revolucionarios, que celebraban elecciones para escoger sus directivas. Los presidentes de estos clubes se agrupaban en los Cuerpos de Consejo, que por igual procedimiento seleccionaban un Presidente y un Secretario. Mediante el sufragio, los afiliados elegían al Delegado y al Tesorero, máximas autoridades del Partido. Desde 1892, hasta 1895, José Martí y Benjamín Guerra ocuparon estos cargos. Para llevar a cabo sus propósitos, el PRC contaba con un cuerpo institucional que funcionaba públicamente y se encargaba de la organización de los clubes, la propaganda y la lucha ideológica, el proselitismo, la captación de fondos y su control. Paralelo a este funcionaba la rama militar, cuyas actividades eran secretas y tenía a su cargo la preparación del Ejército Libertador, cuyos jefes y oficiales se hallaban dispersos en el extranjero y en la Isla. El PRC, para llevar adelante los aprestos bélicos en las emigraciones y en la Isla, utilizaba la más rigurosa compartimentación; a la vez, se proponía formar a los ciudadanos de la futura República de Cuba, por lo que su vida interna se regía por la más consecuente democracia como la vía para la educación política de los emigrados, radicados fundamentalmente en Estados Unidos, México, Costa Rica, Panamá, Jamaica, Haití y República Dominicana. Los dirigentes independentistas lograron la participación efectiva de las masas de cada localidad en la dirección colectiva de sus organizaciones durante la etapa preparatoria de la guerra, lo que garantizaría, una vez iniciada esta, la fidelidad a la causa a la que todos habían contribuido, el apoyo continuo a los soldados o la participación directa en los combates, hasta alcanzar la victoria sobre el colonialismo. A la vez, el ejercicio cotidiano de estos principios sería el bastión más firme de la democracia en la república que se alcanzaría mediante la lucha armada, pues tales prácticas habituarían a los futuros ciudadanos a concebir una sociedad organizada sobre la base del respeto a los derechos y a la dignidad plena del hombre, lo que implicaba la igualdad racial, la confraternidad de las personas de ambos sexos, la participación conjunta en actividades comunes, el respeto a la integridad humana, la tolerancia ante la diversidad de opiniones, la distribución equitativa de la riqueza, la justicia y el equilibrio sociales, que harían de Cuba un país suficientemente fuerte para enfrentar la amenaza, prevista por el Maestro, del imperialismo estadounidense, interesado en dominar la Isla, las Antillas y el continente, así como haría posible desenmascarar y neutralizar a los que, desdeñosos de "la masa inteligente y creadora de blancos y de negros", estuvieran dispuestos a traicionar a su pueblo con tal "de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree", en pago de sus servicios, "la posición de prohombres". Solo mediante la guerra se alcanzaría la libertad, y solo la práctica consecuente de la democracia garantizaría la preservación y la seguridad futuras de la independencia, y el cumplimiento de deberes mayores, pues: "Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos", pues la revolución constituye un "suceso histórico indispensable para salvar la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la república norteamericana. ¡Los flojos, respeten: los grandes, adelante! Esta es tarea de grandes." |
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