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10/04/2002
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Max Jiménez, infinitamente en La Habana

ANDRES D. ABREU

Yo no digo que Max Jiménez (1900-1947) está en La Habana porque nuevamente llegó su obra y desde hace unos días en el Museo Nacional de Bellas Artes ocupa dos salas con una colección voluminosa. Yo digo simplemente que Max Jiménez está en La Habana ¿O es que acaso se puede ser artista y pasar por una ciudad, dormir y trasnochar en ella, comer y beber de ella, pensar en ella y escribirle a ella, vivir con ella y no quedarse imperecederamente en alguno de sus sitios?

Maternidad (ca. 1944).

Lo que llega con la concurrencia de esta oleada plástica del artista costarricense son refrescantes céfiros caribeños que recontextualizan las formas, los personajes y los paisajes de Max Jiménez en la visión de los habaneros de principios de siglo XXI, porque Max nació con el inicio del siglo pasado y en el apogeo de la modernidad, pero creció en los ambientes de la vanguardia europea y cubana, y le aportó a su Costa Rica natal esos aires estéticos inconformistas y reflexivos que hoy conviven junto al tiempo como si este conservara las lecturas de sus imágenes.

El poeta, narrador, escultor, dibujante y pintor que habitó en los años veinte Montparnasse y compartió en sus cafés con Abela, Gattorno, Felix Pita Rodríguez, Carlos Enríquez y Pogolotti, apareció por vez primera en La Habana con una traducción de un fragmento de Monologue de la Tristesse et Colloque de la Joie, de Armand Godoy, publicado en Social el 30 de febrero de 1930, y en 1936 durante su residencia en la capital cubana acentuó su relación con la intelectualidad nacional que desenfadadamente se abría paso como una de las escuelas vanguardistas más importantes y de la que formaron también parte escritores y plásticos como Jorge Mañach, Juan Marinello, Amelia, Mariano, Portocarrero, Cundo Bermúdez y Diago.

Por estos años, publicaciones como Grafos se nutren de sus escritos e ilustraciones y se imprime en La Habana El domador de pulgas, un libro de textos y trazos desafiantes a la tradición. 

Cuba se convierte en lugar permanente dentro del recorrido vital del artista y nutre con su iconografía y circunstancia social su evolución pictórica que admitió en su conformación al expresionismo, al surrealismo, al cubismo, lo geométrico figurativo y abstracto, y partiendo de una apropiación puramente esteticista, se adentró en el latinoamericanismo real y caótico, tocado siempre por una línea muy propia para la estilización de lo deforme.

Su obra se revela en La Habana como exposición en 1942 con una colección llena de temas cubanos. Sesenta años después el Museo Nacional de Bellas Artes recibe esos cuerpos y paisajes que son espacios habituales en los bocetos, grabados y óleos de Max en evidencia de su necesidad de expresar un erotismo voluptuoso y grotesco, un retratismo particularizado por la belleza de los rasgos negroides e indígenas y unas atmósferas reflexivas donde el mar y la tierra caribeños se colorean sin ornamentaciones. 

La vuelta de su obra no significa que el autor haya partido. Aquí están Anita y La Celeste, tomamos Café con leche y seguimos Mirando las comparsas, y, por sobre todas las cosas, en Cuba no se olvidan los amigos, porque La Habana de hoy bien sabe lo "que vale tener hombres que en un pedazo de trapo abren un infinito".

10/04/2002

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