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María Bárbara de mi corazón PEDRO DE LA HOZ
¿Cuántas María Félix en realidad coexistieron? Una de ellas fue la muchacha que el mismo día que se enroló en la edad de oro del cine mexicano comenzó a tejer la leyenda de su carácter. Se cuenta que en 1942 cuando Miguel Zacarías, impresionado por su rostro y su figura, la puso en el plató donde comenzaba a rodar El peñón de las ánimas, Jorge Negrete se molestó, "hablando a lo macho", porque le habían asignado a una advenediza en el papel protagónico. Entonces la joven le dijo: "Hablando a lo hembra, señor Negrete, le diré que es muy bueno como cantante, pero como actor es malísimo". Otra es la que nunca le bastó con ser una bella mujer para la pantalla, sino que aportó coraje y sentimientos a personajes difíciles. Siempre será la Doña Bárbara del filme homónimo de Fernando de Fuentes (1943). Rómulo Gallegos, al verla, exclamó: "Esta es la Bárbara que imaginé mientras escribía". Si bien los productores de la época trataron de encasillarla en papeles de mujeres rebeldes, autoritarias o rompecorazones, la Doña, como para siempre la llamarían, se las arregló para singularizar cada puesta en pantalla. Vale recordarla no solamente en esos filmes de ansias voraces, sino a las órdenes de Buñuel en Los ambiciosos (1959) y antes junto a Jean Gabin, dirigida por Jean Renoir, en French cancan (1955). No falta la mujer que en la vida real deshizo corazones. No hace muchos años, entrevistada por Jacobo Zabludowsky, dijo avivando los rescoldos de su fascinación: "Yo no he querido a nadie como me han querido a mí". Seguramente estaba pensando en el piano blanco que le envió Agustín Lara tras jurarle que en ese teclado compondría las mejores canciones de amor que se habrían de escuchar jamás, en el propio matrimonio con el flaco de oro que le dedicó María Bonita, en el mismísimo Negrete rendido a sus pies, en el trovador Raúl Prado, del Trío Los Calaveras, enloquecido a los tres meses de convivencia porque le quemaba el mito de su mujer; en el francés Alex Berger que le contagió la enfermedad de los hipódromos, o en el pintor Antoine Tzapoff, quien la rejuveneció en cada retrato. Casi nadie, sin embargo, recuerda a Enrique Álvarez, el marido de los 19 años, el padre de su único hijo, Enrique, muerto en 1996. Habrá quienes sientan la nostalgia de su arrebatador paso por La Habana, llenando teatros y estudios de radio y televisión, y deteniendo el tráfico con su estampa de hembra de triunfante celo. Otros se aproximarán a ella en las lúcidas y estremecedoras páginas de Carlos Fuentes. Zona sagrada nos la entrega en la soledad de su mitología, en la desnudez de su alma. Eterna e inapresable, como las noches sin estrellas de Tenochtitlán. |
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