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04/04/2002
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Artes plásticas

Zarza y las máscaras africanas

ADRIÁN DE SOUZA HERNÁNDEZ

La presencia de las culturas africanas en nuestros pintores, entre los cuales se han destacado desde Lam y Diago hasta Mendive, nutre buena parte de la iconografía cubana contemporánea. Sin embargo, el caso de Rafael Zarza, que ahora expone en la galería Pequeño Espacio, del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, es muy particular. Es el caso de un artista que descubrió la motivación de su pintura y obra gráfica debido a una experiencia personal in situ

Zarza participó, como decenas de miles de cubanos, de la épica internacionalista en tierras africanas. Lo hizo como combatiente de tropas de exploración. De tal modo recorrió lugares distantes de la geografía angolana, anduvo por kimbos y vio y sintió los exponentes materiales de la espiritualidad de las etnias que habitan en ese país. Entre las muchas expresiones que le llamaron la atención, centró su mirada en las máscaras. Tomó apuntes que guardó con celo, quizá sin saber que algún día volvería a ellos. Con el paso del tiempo, memoria y apuntes resurgieron como necesidad artística y ese es el resultado de las telas y las litografías que ahora exhibe.

La recreación de estas máscaras constituye un acontecimiento cultural que merece una mirada atenta. El artista nos da testimonio de una representación ancestral y sin embargo viva en la cultura del África negra. En varios países de África occidental, las máscaras guardan una íntima relación con sociedades secretas y ritos de iniciación y curación. Generalmente simbolizan antepasados y espíritus del mal o el bien.

Entre las vivencias angolanas de Zarza estuvo la visión de las máscaras de la etnia lunda. Es sorprendente la forma en que el artista transmite el dramatismo y la espectacularidad de las máscaras tjikusa, las de mayor jerarquía por su uso en la iniciación de los jóvenes, una vez circuncisos, en la sociedad de los adultos. Esta máscara, coronada por un sombrero puntiagudo en forma de cucurucho, originalmente es de fibras de cortezas de árboles, modelado con resinas y su superficie está teñida de tonalidades rojizas y calizas. El culto no se limita a los ritos iniciáticos, sino también como catalizador de buenaventuras en la caza, la fertilidad y el tratamiento de enfermedades. 

En sus investigaciones de terreno, W. Baumann obtuvo testimonios acerca de que para los portadores de las máscaras estas no eran atributos pasajeros, sino reales encarnaciones de espíritus de antepasados. En los actos litúrgicos, las voces de los difuntos son remedadas por esos portadores, quienes emiten ululantes sonidos característicos mediante un ingenioso dispositivo situado a la altura de la cavidad bucal.

Otro detalle interesante de esta entrega de Zarza está en que el artista incluye en la serie dos litografías en las que hace referencia al proceso de acriollamiento de las raíces africanas entre nosotros. Al representar las ngangas y las firmas rituales nos hace un guiño pertinente: hacernos saber que los vasos comunicantes entre África y Cuba pasan por las coordenadas de una visualidad de alto contenido simbólico.

04/04/2002

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