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Aquí está el pecho, mujer ROGELIO RIVERÓN No sé si el discurso feminista admita la peculiar delicadeza de algunas escritoras. Un tipo de permanencia en sí mismas que las acompaña incluso en sus incursiones a la aspereza. Tratándose de la poesía, he deseado mitificar ese rasgo (y qué es un crítico, sino alguien que emplea su mucha o poca lucidez para ganar adeptos), y ver en él una marca de exclusividad, aunque esta no garantice el goce estético. Ahora, después de leer Oscura cicatriz, poemario de Ileana Álvarez publicado este año por las Ediciones Ávila, vuelvo sobre esa creencia con más confianza. A estas alturas del mundo estamos convencidos de que a un artista lo salva, si ello en verdad ocurre, su estilo, es decir, su personalidad expresada en una obra, puesto que las ideas en sí mismas pertenecen a la época, antes que al individuo. Un poeta es entonces su yo puesto en la idea, su temperamento encauzado con una dosis de cultura y de agonía. Ileana Álvarez (Ciego de Ávila, 1967) pacta en su nuevo libro un duelo con fantasmas perennes, de insistente rostro. Avizoramos entonces una ansiedad que en otras ocasiones puede ser una nostalgia: la visión del paraíso. Pero, atención, ver el paraíso no significa respirarlo inmediatamente. Puede, incluso, que todo el encanto esté en ese tramo ficticio, que accede, acaso, a mostrarnos una posibilidad, no una definición. Libro con demasiado preámbulo, como notará el lector, con avales innecesarios, como si no se bastara a su propia autentificación, Oscura cicatriz encierra versos misteriosos, con un sabor que no podemos definir al primer golpe, y en esa manera de vacilar como lectores está su triunfo: nos ha puesto a pensar; nos ha hecho concentrarnos y analizarlo de nuevo. Hay poetas que meditan al borde del patetismo, pero a salvo de él. Hay poetas que siguen hablando desde una lejanía que puede hacerles daño, o puede preservarlos. Se han trazado un espacio en el que todo es suyo, y nos lo dibujan como si fuera nuestro. Así el dolor como la esperanza. Ileana Álvarez se aproxima a esa forma de poetizar con una entonación que me sigue pareciendo altanera, de una autosuficiencia pensada, emocional y, finalmente, auténtica. Oscura cicatriz está rociado de imágenes que brotan de lo abstracto, pero que se hacen palpables inmediatamente. Si esta es la manera que tiene Ileana para convencer, bienvenida entonces, pues su poesía es idea y, al mismo tiempo, liberación de la idea, cuando aquella amenaza el equilibrio del poema. Es fácil para un reseñista anunciar portentos, concluir que todo libro es bueno, encadenar elogios con una diplomacia helicoidal, tramposa. No olvidar que hay buenos libros más allá de lo evidente es, sin embargo, un deber riesgoso. Aunque todavía no proclamen lo definitivo; aún si se emocionaran ante sus propios versos. Oscura cicatriz está entre esos buenos y riesgosos poemarios. |
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