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26/03/2002
Portada de hoy

Sin perder la clave

Jorge Fiallo

Ayer se inauguró en el Teatro Amadeo Roldán el V Festival Nacional de Música de Cámara, que agasaja al maestro Radosvet Bodjiadjev, en una gala de arte vocal-instrumental barroco, con la Oda por el cumpleaños de la Reina Ana, de Händel.

En los límites del recogimiento propio del concepto "de cámara", esta obra incluye voces solistas, tres coros —los de Ma. Felicia Pérez, Carmen Collado, José A. Méndez—, y una pequeña orquesta (la Sinfonietta de La Habana, dirigida por la maestra María Elena Mendiola), a quien vimos desde el ensayo perfilando cada matiz de fuerza y plano de protagonismo en las partes.

El evento, que organiza el Centro Nacional de Música de Concierto, se extiende hasta el sábado en instalaciones del mismo Teatro junto al concurso de interpretación anexo que se inicia en la mañana de hoy, cuyo jurado preside el violinista Alfredo Muñoz. Y refleja la conciencia de lo necesario del trabajo de cámara en el desarrollo de los concertistas y sus oyentes.

Estos pueden escuchar obras injustamente relegadas de momentos en la historia musical más diversos que en los habituales conciertos de solistas y sinfónicos, que privilegian lo escrito del clasicismo acá. Y los concertistas amplían su diapasón interpretativo al abordarlas, respondiendo a exigencias como el empaste, el balance y un pulso que a veces se deja de la mano (o se olvida), cuando un dueño absoluto del escenario no tiene que coordinar con nadie cuándo entrar a tiempo y con qué matices.

Puede parecer paradójico, porque hablar de un plan interpretativo colegiado tal vez connote la idea de alguien marcando un compás rígido, en una cuadratura que deje poco margen a la creatividad que el concierto de solista pareciera expandir por sí mismo.

Pero la interpretación musical —mitad emoción, mitad lógica y cohesión estructural— se hace más expresiva (incluso en el desafuero romántico), cuando enfatiza detalles singulares, juegos de sombra, luz y color sonoros, y hasta alteraciones del pulso según las emociones, pero en la certeza inamovible de una arquitectura equilibrada, no dejándonos a merced de un tiempo caprichoso y una estructura de límites mutables.

Es el saldo primero que deja al concertista y a su oyente la música de cámara. Porque una vez embridado, puesto entre las coordenadas que marcan la pauta, se siente el "feeling", pero sin perder la clave.

26/03/2002

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